Definitivamente, me gustaba el profesor Spencer. A primera vista era poca cosa, tan delgado y ya muy pasados los 40. Pero, según le iba conociendo, su voz dulce y profunda y sus ojos vivos e inteligentes adornados por unas espesas cejas grises me parecían cada vez más interesantes. Sin duda, era nuestro mejor profesor, de verbo fácil e ideas siempre sorprendentes. Como esta última. En lugar del típico examen aburrido y totalmente falto de creatividad, la nota final del curso vendría determinada por un trabajo cuyo tema podríamos elegir libremente entre una lista que él mismo nos proporcionaría.Hasta ahí, todo normal. Pero el señor Spencer era un profesor creativo, capaz de valorar la iniciativa de sus alumnos. Por eso, no quería una mera recopilación de datos cogidos de aquí y de allá. Lo que pretendía de nosotros era que nos sumergiéramos en el trabajo, que sintiésemos en nuestra propia piel los problemas de la sociedad, que experimentásemos con nuestra vida convirtiéndola en un elemento más del objeto de estudio. Sólo así su asignatura tendría sentido e importancia. Como él siempre decía "si no establecemos contacto con el medio que nos rodea, ¿de qué sirve la sociología?"
No hace falta decir que yo estaba totalmente de acuerdo con sus premisas. Si la sociología no se apoyaba en el individuo, en la experiencia directa, terminaba convirtiéndose en algo vacío y sin conexión con el mundo real. Salí de clase con las mejillas encendidas de satisfacción y dispuesta a dar lo mejor de mí en mi asignatura preferida, tenía un mes para preparar el trabajo e iba a hacer todo lo posible por añadir otro sobresaliente a mi expediente.
-¿No te ha parecido genial? -pregunté a Mary mientras esperábamos la clase siguiente.
-Supongo… -contestó ella lacónicamente- yo hubiera preferido un examen convencional, pero bueno…
Mary había sido mi compañera de habitación durante todo el curso. Si el flechazo en términos de amistad existe, no se me ocurre mejor ejemplo que el nuestro. Desde el primer momento congeniamos de un modo perfecto, y sin darnos cuenta nos convertimos en inseparables: nos apuntábamos a las mismas clases, intercambiábamos apuntes, salíamos juntas de marcha… De un modo natural y sencillo, Mary se convirtió en una de mis mejores amigas; las dos nos contábamos todo, apoyándonos en los pocos momentos en que añorábamos a nuestras lejanas familias y compartiendo los más numerosos de alegría y diversión.
En lo que no nos poníamos nunca de acuerdo era en nuestra opinión sobre James Spencer. Para Mary, era un excéntrico con el que no íbamos a aprender nada; para mí, un genio que sacaba lo mejor de sus alumnos. Para ella, un carcamal que casi podría ser nuestro padre; para mí, un hombre sumamente interesante, nada que ver con los atolondrados jóvenes de nuestra edad. Siempre me han gustado los hombres mayores que yo, aunque desde luego jamás había pensado en tener nada con un profesor, y menos con uno que me doblaba la edad. Mi adoración por el profesor Spencer era pues simplemente platónica, aunque en ocasiones me quedase extasiada mirando sus hermosas manos o admirando su gran capacidad para hablar en público.
Aún así, estaba sumamente excitada ante la perspectiva de aquel trabajo. Llevaba un año estudiando en Bruselas con una beca Erasmus y necesitaba unas buenas calificaciones para que me la volvieran a conceder al año siguiente. Aunque siempre he sido buena estudiante, el sobresaliente en Sociología era sin duda lo que necesitaba para apuntalar mi posición.
Apenas llegué a mi cuarto saqué los apuntes de Sociología y empecé a estudiar las distintas posibilidades. El profesor nos había dejado total libertad para elegir el tema entre las propuestas que nos proporcionaba, y su única exigencia era que acompañásemos nuestro ejercicio con un exhaustivo trabajo de campo. Así por ejemplo, si uno decidía, como era el caso de Mary, desarrollar el tema de "La integración de nuestros mayores en la sociedad actual", parecía claro que debía pasar muchas horas charlando y compartiendo su tiempo con gente de la tercera edad, para saber así de primera mano cuáles eran sus problemas y sus preocupaciones.
Pero mientras mi amiga parecía tener muy claro el tema que iba a elegir, yo no terminaba de decidirme.
-Puff, vaya temas más complicados –le decía a Mary resoplando- "La alineación del individuo en la sociedad de consumo", "La soledad de las masas"… no sé cuál coger…
-Jaja, ¿has visto el último? –me dijo ella con su perfecto inglés que tantos problemas me había causado al principio- "El desnudo en el siglo XXI, ¿aceptación o aún tabú?"
-No lo había visto –comenté divertida- Vaya con el profesor Spencer, es un tema muy sugerente.
-Claro –rió Mary- sobre todo el trabajo de campo, puedes irte a una colonia nudista y preparar allí el informe.
Las dos reímos divertidas, pero en ese momento entró Silvie y se nos chafó un poco la fiesta. Silvie era una chica francesa que se había instalado con nosotras apenas un mes antes. Como suele pasar entre las mujeres cuando comparten habitación, o se aman o se odian. Todo lo que entre Mary y yo era compañerismo y apoyo mutuo, con Silvie había sido desde un primer momento rechazo y malos modos. Definitivamente, la joven había entrado con mal pie en nuestro pequeño círculo, y por mucho que nosotras habíamos intentado tenderle una mano, su carácter introvertido y hostil nos había provocado numerosos enfrentamientos.
Para terminar de fastidiar las cosas, había otro aspecto de nuestra nueva compañera de habitación que no nos hacía precisamente felices: Silvie era una belleza despampanante. Desde que ella había llegado, los chicos del campus parecían no tener ojos para las demás y eso, unido a su carácter poco comunicativo, no había ayudado precisamente a mejorar las cosas. Aún así, creo que nosotras pusimos todo de nuestra parte para llevarnos bien, pero con Silvie era imposible. Apenas nos dirigía la palabra, jamás compartía su tiempo o sus cosas con Mary y conmigo, e incluso parecía mirarnos por encima del hombro.
La verdad es que, a su lado, las demás parecíamos muy poquita cosa. Silvie era alta, esbelta, con una media melenita que llevaba siempre arregladísima. Además, sabía pintarse de un modo muy favorecedor y llevaba unos modelitos que debían ser el último grito en París y que provocaban a la vez la envidia de las chicas y el éxtasis del sector masculino. La pobre Mary, bastante rolliza y con su piel blanca y pecosa, poco tenía que hacer frente al desembarco francés, y eso a pesar de tener un carácter infinitamente más agradable y divertido.
En cuanto a mí, supongo que soy bastante más mona que mi amiga, pero al fin y al cabo respondo totalmente al estereotipo español: bajita, morena y de aspecto simpático y resultón, pero desde luego incapaz de oponer resistencia a la que desde su llegada se había convertido en nuestra gran enemiga: Silvie.
Pero esta vez, y contrariamente a su costumbre, la joven francesa parecía tener deseos de charlar con nosotras.
-¿Habláis del trabajo para Spencer?
Silvie no estaba matriculada en Sociología, pero una de sus más irritantes peculiaridades era su capacidad para enterarse de todo a pesar de que aparentemente nadie le contaba nunca nada. Al menos, nadie del sexo femenino.
-Sí –respondió cándidamente Mary- Ana no tiene todavía decidido qué tema elegir.
Sin pedir permiso, Silvie cogió la hoja con las propuestas del profesor Spencer y la leyó atentamente mientras murmuraba para sí.
-¡Qué temas más aburridos!
Otra de sus características: sólo lo que ella hacía o estudiaba era interesante. Todo aquello que nosotras pudiésemos hacer era para ella una solemne estupidez. Bajo su punto de vista, no sólo era más guapa, sino también más lista, más atrevida, más… todo.
-"El desnudo en el siglo XXI, ¿aceptación o aún tabú?" –siguió leyendo hasta el final- bueno, éste al menos parece divertido.
-La verdad es que creo que es el que voy a escoger –respondí de un modo impulsivo.
-¿De veras? –rió Mary- no me parece un tema sencillo.
-¿Por qué?
-Bueno, ya sabes. El profesor Spencer quiere que nos basemos especialmente en el trabajo de campo. Yo he trabajo mucho con la tercera edad, por eso puedo escoger el tema de los mayores. Pero para hablar sobre el impacto del desnudo en nuestra sociedad… ¿en qué tipo de experiencias podrías apoyarte?
-No lo sé –admití pensativa- tal vez podría entrevistar a algún nudista… o hablar con algunos de los modelos y alumnos de las clases de arte dramático. Creo que habría que estudiar cómo se acepta el desnudo hoy en día, tanto por parte del espectador como por parte del protagonista. Además…
-Tonterías –me interrumpió Silvie de aquel modo que yo detestaba tanto- ¿quieres hacer este trabajo? Hay una manera perfecta de experimentar sobre cómo se acepta el desnudo hoy en día, pero tú no eres capaz de hacerlo.
-¿De qué estás hablando? ¿Por qué piensas que yo no puedo hacerlo?
Mientras decía esto, nuestra odiada compañera se había quitado la camisa y el pantalón, y se paseaba en braguitas eligiendo la ropa para esa noche. Como siempre, se contoneaba delante de nosotras exhibiendo su perfecta figura, su vientre plano y sus pechos firmes y turgentes. Era una costumbre en ella, cambiarse siempre delante de nosotras con la evidente intención de anonadarnos con sus curvas de ensueño. Una vez más, por otro lado, ella parecía tener una cita con algún chico, mientras que nosotras íbamos a pasar la tarde del viernes charlando y atiborrándonos a dulces… ¡cómo la odié en ese momento!
-¿Me puedes explicar lo que se te ha ocurrido? –insistí mientras ella se decidía por una minifalda mínima y una blusa a juego.
-Fácil. Quieres hacer un trabajo que estudie cómo reacciona el individuo de nuestra sociedad ante el desnudo, ¿no es así?
-Sí, por eso…
-Por eso nada. En una clase de arte la gente está acostumbrada al desnudo. Los modelos son profesionales, viven de ello, y los alumnos están hartos de ver cuerpos en cueros. Allí nadie te va a decir nada interesante.
-Tal vez tengas razón –me fastidiaba que siempre se saliese con la suya.
-Si yo fuera tú… pero claro, tú no te vas a atrever –dijo mientras se ponía unos zapatos con los que Mary y yo hubiésemos sido incapaces de caminar.
-¿Quieres decirme de una vez cuál es tu idea?
-Si yo fuera tú, no me haría falta entrevistar a nadie. Simplemente, me pasearía desnuda por la facultad un día, charlando con unos y con otros. Ahí sí que obtendría algo impactante, algo que me permitiese bordar el trabajo, con información de primera mano y captando las reacciones reales del individuo ante el desnudo.
-Jaja, vaya ideas –rió Mary pensando que Silvie bromeaba.
-No sé porqué te ríes –contestó ella seria- hablo totalmente en serio. Esto es la universidad, niñas. Aquí la gente no se asusta por cosas tan infantiles. Estoy segura de que si explicas tus propósitos y pides permiso en la rectoría, no tendrás ningún problema. No sería la primera vez que en una facultad se hacen experimentos de este tipo o parecidos. Pero claro –dijo mientras daba sus últimos toques a su maquillaje- vosotras sois… tan poco atrevidas.
Sin esperar respuesta, Silvie se marchó y nos dejó a las dos mudas de asombro. Lo más curioso es que yo no me había reído en absoluto con su sugerencia. Más bien, estaba analizándola interiormente y, la mirase como la mirase, me parecía que por primera vez desde que la conocía estaba de acuerdo con Silvie.
***
Dos días después, aguardaba nerviosa a que mi profesor favorito me recibiera en su despacho. Desde mi conversación con Silvie, había dado mil vueltas a su propuesta. A ratos me parecía absurda, descabellada. Pero luego, analizándolo bien, las cosas tomaban sentido. El desnudo era algo natural, hermoso, y una sociedad sana debía aceptarlo como tal ¿era la nuestra una sociedad sana? El tema me parecía interesante, me apetecía estudiarlo, desarrollarlo, sabía que podía sacar el sobresaliente que necesitaba para conseguir que me renovasen la beca.
A mis 21 años, hablaba inglés y francés con fluidez, pero un año más fuera de España me parecía sumamente interesante para mi currículum. Volver graduada en una prestigiosa universidad me serviría sin duda para encontrar más posibilidades de alcanzar una buena colocación, y además mi estancia en Bruselas estaba siendo una experiencia sumamente enriquecedora.
Cuando el profesor Spencer me hizo pasar, todavía no estaba segura de cómo explicarle lo que me proponía, y una parte de mí no estaba segura aún de atreverse a dar el paso.
-Pasa, pasa. No me lo digas… Ana Ramos –dijo pronunciando muy mal la "r" mientras me hacía señas para que me sentase frente a él.
Feliz de saber que conocía mi nombre, tragué saliva y me senté con energías renovadas. Una vez elegido el tema sobre el que versaría nuestro trabajo, todos teníamos que celebrar una reunión privada con el profesor Spencer para explicarle cómo pensábamos afrontar nuestro estudio, de modo que él nos pudiese orientar y dirigir.
-Bien, eres una de mis mejores alumnas, tengo grandes esperanzas puestas en ti. Si no me equivoco, necesitas el sobresaliente para que te renueven la beca.
-Así es –contesté con una tímida sonrisa.
-Bueno, estoy seguro de que eso no será problema. ¿Qué tema has elegido para el trabajo final?
-"El desnudo en el siglo XXI, ¿aceptación o aún tabú?" –dije mientras miraba al suelo y procuraba no enrojecer.
-Ah, es un tema muy bonito. Dudé si incluirlo, pero a mí me parece muy interesante; nuestra sociedad parece haber madurado y ser más permisiva pero… ¿somos realmente sanos y naturales? A lo largo de la historia… pero no quiero aburrirte, dime cómo has pensado desarrollar el tema.
-Bueno –ahora venía lo difícil- le he dado muchas vueltas. Yo soy española, y ya sabe, en nuestro país esto sería impensable pero…
-¿Pero?
-Verá, me preguntaba… bueno... no sé si será posible llevar a cabo el experimento que propongo…
-Esto es una universidad seria Ana, si tu estudio merece la pena, estoy seguro de poder ayudarte.
El momento había llegado, ya no había marcha atrás. Una parte de mí estaba asustada, pero otra, más intrépida, quería hacerlo, vivir una experiencia alucinante, hacer algo diferente que además estaba segura de que me llevaría directa al sobresaliente.
-Había pensado… pedir permiso para desnudarme en el campus… delante de todos.
Lo dije mirando de nuevo al suelo, y notando que me ponía colorada como un tomate. Sin embargo, de reojo vi que la cara del profesor Spencer no se había alterado lo más mínimo.
-Es una propuesta interesante y muy valiente ¿cuál sería el objetivo del estudio?
Lo dijo sin la más mínima sombra de duda o vacilación y de un modo totalmente serio y académico. Por un instante, le vi francamente guapo, con su pelo gris y sus gafas de pasta.
-El objetivo sería estudiar la reacción de la sociedad ante un desnudo inesperado. Saber cómo reacciona el individuo, si se siente acosado, agredido… excitado. También reflejaría mis propias sensaciones al estar desnuda entre gente vestida en un sitio donde no se espera algo así. Eso me permitiría estudiar cómo influye en nuestra autoestima la ropa que llevamos, las imposiciones que la sociedad nos hace desde que nacemos...
Lo solté de un tirón y sin apenas respirar. El tiempo que mi profesor tardó en contestarme fue el más terrible de mi corta vida ¿pensaría que era una loca, una exhibicionista? ¿creería que le estaba tomando el pelo, que mi idea era una estupidez?
-Ummm, -carraspeó sin que su rostro reflejase sorpresa- recuerdo un estudio parecido, donde un grupo de alumnos se desnudaba en clase para desarrollar plenamente las relaciones entre sí. Todos coincidieron en que fue una experiencia muy satisfactoria. Claro que tu caso sería diferente, tú pretendes desnudarte sola, ¿no crees que puede resultarte un poco… embarazoso?
De repente me sentí muy liberada. El profesor no sólo no se había escandalizado, sino que parecía encontrar mi propuesta interesante y enriquecedora. Aliviada, pensé que lo peor ya había pasado.
-Lo he pensado mucho –contesté- desde luego, será algo extraño, pero sinceramente quiero probarlo y experimentarlo. Luego, intentaré recoger mis impresiones… y las de los que me rodean.
-Estupendo –contestó él- si estás decidida, no creo que haya ningún inconveniente. Somos una universidad moderna y dinámica, hablaré con el rector y supongo que podrás moverte libremente por todo el campus sin que nadie te ponga ninguna objeción. ¿Cuánto tiempo habías pensado dedicar al estudio, una hora, un día?
Jamás hubiera pensado que en mi interior hubiese tanto arrojo.
-Un mes.
Por primera vez, el rostro del profesor Spencer reflejó una viva sorpresa.
-¿Un mes entero… desnuda por el campus?
-Verá, no me cabe duda de que el primer día mi presencia en cueros será algo muy llamativo. Supongo que todo el mundo estará nervioso, alterado, y que su comportamiento no será natural. Del mismo modo, yo misma estaré muy cohibida… por eso creo que, para que el estudio sea más veraz y completo, es necesario prolongar el desnudo, de modo que llegue a ser algo aceptado. La teoría es que, después de un tiempo indeterminado, mis compañeros se acostumbrarán a que yo no use ropa, y llegará un momento en que apenas sean conscientes de mi desnudo. Si ese momento llega, podremos decir que vivimos en una sociedad madura.
-Brillante –contestó el profesor Spencer tras unos segundos de pausa- brillante. Ana, creo que tu trabajo puede ser verdaderamente interesante.
***
-No sé cómo me he metido en este embrollo.
-Vamos, tranquila –me animó Mary- seguro que todo saldrá bien. Además, mucho me temo que ya es tarde para echarse atrás.
En efecto, la noticia de que pensaba pasar un mes desnuda en el campus para que me sirviese de experiencia en mi trabajo se había extendido como la pólvora. Incapaz de pensar que el profesor Spencer se había ido de la lengua, me inclinaba más a pensar que había sido la pérfida Silvie el origen de la filtración. El caso es que, en mi grupo de amigos, todo el mundo parecía nervioso los últimos días, y que cuando caminaba por los jardines del campus notaba que gente a la que no conocía de nada se volvía y me miraba a hurtadillas.
Pero como decía Mary, ya no había vuelta atrás. Mi profesor había solicitado permiso y el rectorado había calificado mi propuesta de interesante y sumamente creativa, "un valiente esfuerzo por comprender los tabúes y falsedades que aún padece nuestra sociedad". La expectación era tal que ya no había modo de detener la bola de nieve sin quedar como una cobarde.
La verdad es que nunca he sido tímida, pero una cosa es desnudarse en la playa o en los vestuarios de las chicas y otra vivir un mes con el culo al aire entre tus compañeros de estudios. Sólo imaginarme saludando al guapísimo de Henry en cueros… ¿en qué estaba pensando cuando me metí yo sola en la boca del lobo?
Pero allí estaba, un domingo por la noche y muerta de miedo. Al día siguiente empezaba mi experimento, y por mucho que me dijera a mí misma que era un estudio serio para una universidad de prestigio, no podía evitar sentirme como una niña desvalida ¿qué dirían mis padres si se enterasen? Asustada y con un nudo en el estómago, le había pedido su ayuda a Mary, sin duda la iba a necesitar.
Lo primero que iba a hacer era desnudarme esa misma tarde junto a ella. Era la mejor forma de romper el hielo y de ir acostumbrándome a mi propio cuerpo desnudo. No soy una chica espectacular como Silvie, pero creo que tampoco soy fea, y sabía que mi buena amiga Mary era la persona ideal para darme ánimos y apoyarme. Además, ¿quién mejor que ella para ser el primer espectador de mi experimento?
Por eso estábamos las dos solas en nuestra pequeña habitación, mientras yo me comía las uñas e incluso ella parecía agitada como nunca antes la había visto.
-Bueno, voy a desnudarme, cuanto antes pase esta tarde y empiece todo mejor.
-De acuerdo –dijo ella.
Lo curioso era que, a pesar de lo buenas amigas que éramos, nunca nos habíamos visto desnudas. Nuestra pequeña habitación no tenía baño, así que teníamos que ir a asearnos a las duchas comunes que había al fondo del pasillo. Como por el camino una podía encontrarse con chicos y chicas de las demás habitaciones, siempre llevábamos preparada la ropa que íbamos a ponernos, por lo que al volver a nuestro cuarto siempre estábamos ya completamente vestidas.
Sin más dilación, empecé a quitarme la ropa, despacio pero sin pausa. Primero mis zapatillas de deporte, luego mi blusa, los vaqueros… desnudarme delante de Mary no era nada comparado con lo que tendría que hacer al día siguiente. Aún así, un incómodo hormigueo sacudía mis manos y mi estómago parecía lleno de mariposas mientras mi sostén cayó dejando aparecer mis generosos pechos.
-¿Bueno, qué te parezco? –necesitaba que mi amiga me apoyase, sentir que mi cuerpo era agradable. Era absurdo, porque mi estudio intentaba demostrar que el ser humano es hermoso en cualquier circunstancia… pero era inútil negar que a todos nos gusta sentirnos atractivos.
-Estás muy guapa Ana –me dijo Mary con su sonrisa más cariñosa- tienes unos senos grandes y muy femeninos.
-¿No te parece que caen demasiado? –las continuas exhibiciones de Silvie eran una tortura, porque sus pechos más que caer parecían apuntar al cielo.
-De ningún modo –contestó Mary mientras me miraba atentamente- ya verás como a Henry le encantan tus tetas.
Las dos reímos y el ambiente se relajó. Yo andaba como tonta por Henry, pero él ni siquiera parecía saber que existía.
-Pero aún te falta algo, ¿no? –dijo Mary con una sonrisa traviesa.
Con un leve suspiro de resignación, me quité las braguitas y aparecí totalmente desnuda ante ella.
-Mira, tengo un poquito de celulitis aquí –dije mientras me volvía de espaldas y le enseñaba mis redondas nalgas.
-Vamos, no seas tonta, estás estupenda, tienes un pompis muy coqueto y resultón.
De repente me sentí bien, allí desnuda delante de Mary. Con más calma de la que había esperado, me puse de frente a ella y le pedí que me mirase de arriba abajo, quería que al día siguiente los primeros instantes fuesen menos tensos, y sentir su mirada recorrer mi cuerpo era un anticipo de lo que sin duda me esperaba. Obediente, Mary me acarició con sus dulces ojos azules, que descendieron por mis pechos hasta mi ombligo, y luego más abajo, hacia la oscura y rizada mata de vello púbico. Luego, examinó mis muslos, llenos y duros a mis 21 años, mis pantorrillas, mis pies, quizá demasiado grandes pero que a mí me parecían tan graciosos.
-Francamente –dijo finalmente- no tienes nada de lo que avergonzarte. Ya quisiera yo tener tu cuerpo.
-Anda –reí fingiendo que no me gustaban sus palabras- ayúdame a guardar mi ropa.
Entre las dos habíamos convenido que, durante el mes que duraría mi experimento, Mary guardaría toda mi ropa en dos grandes maletas de su propiedad que mantendría cerradas con llave. Era mi barrera de seguridad, de ese modo, si en algún momento flaqueaba o tenía intenciones de vestirme, ella estaría allí para ayudarme a vencer la tentación y no dejarme tirar la toalla.
Cuando las dos terminamos de guardar mis cosas, Mary echó el candado a las maletas y se guardó la llave en su bolsillo. A partir de ese instante, yo viviría en cueros durante un mes entero, incluida una menstruación que a la vez me intrigaba y asustaba. De repente, las dos nos quedamos mirándonos, sin saber qué hacer. Después de un año juntas a todas horas, el mero hecho de que una de las dos estuviese desnuda parecía establecer una distancia entre nosotras. Un primer dato que apuntar en mi trabajo, pensé satisfecha. Al menos, el sobresaliente estaba cada vez más cerca.
Media hora después, las dos charlábamos sentadas en la cama. Después de todo, Mary y yo éramos casi como hermanas, y aunque ella parecía un poquito nerviosa y evitaba mirarme más de lo estrictamente necesario, poco a poco la conversación volvía a fluir como entre nosotras era habitual.
-No puedo creer que vayas a hacerlo. Eres tan valiente…
-¿Puedo decirte un secreto? Estoy aterrada. Imagínate mañana, llegar a clase así, delante de todos…
Pero no era del todo cierto que estuviese aterrada. O, mejor dicho, no era mi único sentimiento. Estaba nerviosa y asustada, sí, pero también excitada y orgullosa de mi arrojo. Si en aquel momento el profesor Spencer que hubiera llamado para decirme que el rectorado prohibía mi experimento, hubiera sentido alivio, pero también una fuerte decepción.
En ese momento, alguien golpeó nuestra puerta y las dos dimos un respingo.
-¿Qué hacemos? –me dijo Mary con una cara de susto que me arrancó una sonrisa. Mi amiga estaba tan nerviosa que parecía que fuese ella misma la que estuviese en cueros.
-Supongo que abrir –contesté tras pensarlo un momento- después de todo, tengo que ir acostumbrándome.
Mi amiga se levantó y abrió la puerta mientras un estremecimiento recorría mi cuerpo. En el pasillo de la residencia, Helen y Susan aguardaban expectantes. Eran dos de nuestras mejores amigas, y supuse que ya no aguantaban más la incertidumbre de saber si finalmente yo cumpliría con mi propósito. Al entrar en la habitación y verme desnuda en la cama, las dos abrieron mucho los ojos y rieron nerviosas.
-Entonces… ¡estás decidida! –dijo Helen.
-Ya veis… estoy entrenando –contesté riendo.
-Vaya –dijo Susan- es fantástico. Vas a ser la chica más popular del campus, jajaja.
Las cuatro nos reímos excitadas y casi sin poder creer que lo que parecía una idea absurda terminase por convertirse en realidad. Yo estaba viviendo un sueño en el que era protagonista y estrella principal. Estar desnuda entre mis amigas vestidas me producía un poquito de vergüenza, pero también un bienestar extraño, como si de algún modo… estuviese aprovechando al máximo la vida.
Durante una hora, las cuatro charlamos a gritos, interrumpiéndonos unas a otras. Había una excitación y una alegría extrañas, contagiosas, y cuando Helen y Susan se marcharon deseándome suerte y dándome un beso, me sentí increíblemente bien.
Era casi la hora de dormir. Agotadas por los nervios, apenas habíamos mordisqueado unas galletas, de las que mi rolliza compañera siempre estaba bien provista. Estaba a punto de meterme en la cama cuando Silvie entró por la puerta como un torbellino. Como siempre, volvía de alguna de sus citas, vestida de punta en blanco y hermosa como un cuadro.
No sabría explicar el motivo, pero que Silvie me viese desnuda me producía un nerviosismo especial, diferente del que me había provocado quitarme la ropa delante de Mary, o de Susan y Helen. Silvie no era mi amiga, eso para empezar; de ella podía esperar cualquier cosa, desde un gesto de desaprobación a una hostilidad evidente. Además, ella era tan condenadamente guapa…
Cuando entró y me vio, sus ojos reflejaron una viva sorpresa.
-¡Vaya!... entonces, ¿vas a hacerlo?
-Pues sí, voy a hacerlo –y sentí que mi ego crecía mientras contestaba.
-Jamás creí que te decidieras –dijo mientras me miraba de arriba abajo sin disimulo- veo que me había equivocado contigo.
Mientras Silvie se desvestía y nos volvía a ofrecer la visión de sus magníficos senos, yo me metí en la cama y me cubrí con la sábana.
Poco después, mis dos compañeras de habitación dormían a pierna suelta mientras yo contaba los segundos que faltaban para mi increíble puesta en escena. Pero ahora tenía un nuevo punto de apoyo. Aunque Silvie no había dicho ni una palabra, yo había leído perfectamente en su mirada durante el tiempo que ella observó mi cuerpo desnudo: mi enemiga me había encontrado muy resultona.
***
Al día siguiente, me fallaron las fuerzas y no fui capaz de bajar a desayunar. Un terror repentino me invadió y por un instante pensé que iba a rendirme antes de empezar, que en el fondo no era tan valiente como pensaba y que de ningún modo iba a salir de aquella habitación desnuda.
Mientras Silvie me miraba socarronamente y Mary trataba de tranquilizarme, les pedí que me dejasen a solas un instante. Las dos jóvenes salieron para desayunar y yo me quedé en la habitación, mordiéndome las uñas y muerta de miedo. Me debatía entre el más absoluto miedo al vacío y la decepción que sin duda sentiría si finalmente renunciaba a ello. No me había atrevido a salir a ducharme ni a bajar a comer algo, ¿cómo demonios iba a asistir a clase así?
Cuando Mary entró sola y me ofreció unas tostadas que me había reservado, me encontró temblando como una animalito indefenso.
-No te agobies Ana, si quieres puedes dejarlo, nadie te va a reprochar nada.
Eso era lo que necesitaba. Que mi amiga me apoyase, notar su dulce voz a mi lado. Súbitamente, las fuerzas volvieron a mi cuerpo. Faltaban diez minutos para que empezase la clase del profesor Spencer.
-¿Y que Silvie se ría de mí diciendo que soy una cobarde? Antes muerta.
Las dos soltamos una carcajada. Recuerdo que Mary llevaba unas zapatillas blancas y unos vaqueros, con una camiseta de manga corta y un bolso en el que guardaba el móvil y los bolígrafos. Yo… cogí mi carpeta y le pedí a mi amiga que me guardase mis bolígrafos en su bolso. Descalza y desnuda, me dispuse a afrontar mi primer día de universitaria nudista.
-Por favor… -supliqué a Mary mientras abríamos la puerta de la habitación- no te separes hoy de mí ni un instante.
-No te preocupes –me dijo cariñosa mientras me pellizcaba la mejilla- estaré a tu lado en todo momento.
No puedo explicar cómo me sentí al pisar el pasillo de la residencia de estudiantes. Caminar desnuda entre chicos y chicas vestidos que se volvían sonrientes para mirarme, algunos con expresiones de asombro, otros como alucinados, muchos de ellos con el deseo reflejado en la mirada…
Estaba asustada, nerviosa, pero al mismo tiempo me sentía libre, viva… confortable. Para llegar a la facultad de Filosofía donde el profesor Spencer impartía su clase de Sociología teníamos que salir a los amplios jardines que comunicaban unos edificios con otros. Fue maravilloso sentir la brisa en mi piel desnuda, el sol acariciando mis pechos que se balanceaban dulcemente al compás de mis pasos.
A mi derecha, la propia Mary parecía contener la respiración, y por un instante sentí lástima por ella. Mi amiga era mucho más tímida que yo, y pasearse junto a una chica en cueros no era el mejor modo de pasar desapercibida. De cualquier modo, nadie parecía molesto con mi exhibición, y los pocos que se decidían a decirme algo lo hacían en un tono alegre y festivo.
-¡Viva España! –gritó alguien a mi espalda.
-Genial –comentó otro- a ver si esto se hace costumbre.
Yo procuraba no desviar la mirada, para no dar pie a nadie a iniciar una conversación más prolongada conmigo. Estaba deseando llegar a clase, poder sentarme, dejar de llamar la atención, aunque desde luego eso era imposible.
-¿Qué tal? –me preguntó Mary entre dientes.
-Es… increíble, deberías probarlo, jamás me había sentido tan libre.
-No cuentes con ello –rió mi amiga asustada sólo de pensarlo.
En ese momento, Susan y Helen se acercaron acompañadas por Peter, un chico de nuestro grupo habitual. Era la primera vez que yo hablaba con un chico que no fuese mi novio estando totalmente desnuda, y creo que no pude evitar ponerme un poquito colorada. Aún así, la peor parte fue para el propio Peter, al que siempre creí que yo le gustaba y que en ese momento parecía sencillamente aterrado.
-¡Hola Ana! –dijo Susan alegre- vaya, esto es increíble, ¿cómo te sientes?
-Pues… es divertido –respondí atreviéndome a mirar a mi alrededor.
No menos de una veintena de chicos y chicas me miraban entre incrédulos y felices. Algunos de ellos me fotografiaban con sus móviles, mientras otros se daban codazos entre sí y comentaban cosas que yo no podía oír.
-Vas a ser famosa –dijo Helen.
-Supongo que sí. Hola Peter, bueno, aquí estoy, ¿qué te parece?
Estaba tan nerviosa que no podía parar de hablar, y sobre todo necesitaba ser aceptaba por mi pequeño círculo de amigos.
-Estás… estás… preciosa…
-Vamos Peter –le dijo maliciosa Susan- trata de cerrar la boca, jaja.
Al fin, habíamos llegado al aula donde el profesor Spencer impartía sus clases. Un grupo cerrado de jóvenes de ambos sexos estaba ya en clase, mucho antes de lo que solía ser habitual. Al entrar yo, un murmullo apenas audible pero innegable acompañó mis pasos. Me pareció que tardaba una eternidad en llegar a mi sitio habitual, a media altura en aquella clase en forma de escenario. La mesa del profesor quedaba situada en el centro, mientras en círculo las gradas ibas subiendo alrededor de ese foco.
De no ser por el apoyo de Helen, Susan y Mary, que me escoltaron hasta mi sitio, creo que no hubiera sido capaz de llegar. Sentía miles de ojos fijos en mis partes pudendas, jamás habría pensado hacer algo remotamente similar. Cuando alguna vez había estado en una playa nudista, la experiencia me había parecido agradable. Pero esto era totalmente distinto, yo era la única persona desnuda, ¡y todos me miraban a mí! Por un instante, temí de nuevo no ser capaz de seguir con aquello. Pero lo más difícil ya estaba hecho, me había paseado en cueros desde mi habitación hasta el aula, medio campus me había visto ya desnuda. Aún así, pensar que debía continuar de ese modo durante un mes requería de enormes dosis de coraje.
Afortunadamente, la entrada del profesor Spencer sirvió para que durante unos instantes yo dejase de ser el centro de atención. Mientras el sabio y hábil orador iba desgranando sus teorías, poco a poco me sentí más relajada. Por increíble que pudiera parecer, los alumnos parecían haberse olvidado de mí, dando muestras de una inesperada madurez. El profesor hablaba, ellos escuchaban, no en vano la universidad de Hogescholl recibía a lo mejor de los estudiantes de toda Europa. Si una chica quería hacer un estudio sobre la influencia del desnudo, adelante, eso no iba a interrumpir el desarrollo normal de las clases.
Sin embargo, yo sí notaba importantes diferencias. Ya he comentado que el profesor Spencer me parecía un hombre interesante. Sus clases me encantaban, su facilidad de palabra me parecía muy atrayente, sus modales cultos y refinados me resultaban excitantes. De repente, me di cuenta de que asistir desnuda a su clase era algo sumamente erótico. Nunca su voz me había parecido tan profunda, tan hermosa. Sus largas frases parecían acariciarme, envolverme, hasta el punto de que yo sentía que su clase iba dirigida tan sólo a mí.
Oírle hablar sobre temas tan profundos mientras mi cuerpo entero estaba al alcance de su vista… por un momento lamenté no haber ocupado una de las primeras filas, de modo que él pudiese verme más de cerca.
A mi derecha, Mary tomada apuntes a toda velocidad. A mi izquierda, Helen hacía lo mismo. Yo era incapaz de prestar la suficiente atención, oía la voz de James Spencer como en un sueño, me sentía acariciada y estimulada por ella, pero apenas podía entender lo que decía. Disimuladamente, miré a mi alrededor.
Un par de chicos de los más próximos me miraban de reojo, también dos o tres chicas, éstas más descaradamente. De repente, tuve una extraña sensación, como si… como si el hecho de estar desnuda, además de avergonzarme y dejarme sin resuello, me convirtiese en alguien diferente. Alguien más interesante.
-Y eso es todo por hoy –dijo el profesor mientras guardaba sus notas.
Como siempre, revuelo de estudiantes que recogen sus apuntes, algunos aprovechando los diez minutos de descanso hasta la siguiente clase para estirar las piernas en el jardín.
-Un momento señores –dijo Spencer requiriendo nuestra atención- supongo que todos saben ya que una de sus compañeras ha empezado hoy un experimento muy especial.
Al oír esto, no pude evitar enrojecer de los pies a la cabeza. De un modo inconsciente, me sumergí en mi sitio intentando desaparecer.
-Quiero pedirles a todos un poco de madurez. Esto es algo serio, importante, que sin duda nos va a ayudar a conocernos mejor a nosotros mismos. Espero que todos seamos respetuosos y que colaboremos en su investigación.
Mientras decía esto, el profesor Spencer me buscó con la mirada por el aula. Cuando finalmente me encontró, fue como si un relámpago me recorriera de arriba abajo. Él me saludó con un gesto de la cabeza y yo le respondí agitando levemente mi mano izquierda.
-Eso es todo –terminó él- mañana volveremos a vernos.
Apenas salió el profesor, se produjo el habitual revuelo de estudiantes que salían a relajarse o a fumar un cigarrillo.
-Bueno, la primera clase ya pasó –comentó a mi derecha Mary- ¿cómo te sientes?
-No sabría decirte, es como si estuviese dentro de un sueño.
-Pero no es ningún sueño –dijo Helen riendo- ¡estás desnuda aquí en medio, qué fuerte!
La clase siguiente era la de Historia de
-¿Qué os parece si nos fumamos la siguiente clase y salimos a dar un paseo?
Lo cierto es que cuando caminaba en dirección al aula estaba deseosa de llegar, pensando que allí estaría más protegida. Pero una vez allí, notaba las miradas de todos los alumnos vueltos hacia mí, y todos me conocían, ¡era agotador sentir que muchos me miraban disimuladamente, sin atreverse a hablar conmigo! Ahora prefería encontrarme de nuevo en espacios abiertos, donde al menos la mayor parte de la gente que me viese no me conocería de nada.
-Está bien –dijo Mary solícita- vamos, date prisa antes de que llegue Mr. Howard.
Mr. Howard era el profesor de Historia de
Apenas habíamos salido del aula, cogimos el pasillo que nos llevaría directamente a los jardines de
-Hola, Ana –me dijo sonriendo Miss Rose. Por lo visto, de pronto todo el mundo me conocía por mi nombre- me alegro de verte, ¿qué tal el primer día de tu experimento?
-Bien… supongo –contesté a duras penas.
-Estoy muy interesada en las conclusiones que saques de esto. Como psicóloga, creo que lo que haces es algo innovador y valiente, estoy segura de que…
-Así que ésta es la chiquilla que va a venir a clase desnuda –interrumpió Mr. Howard, que literalmente vivía en las nubes.
De nuevo noté que me ponía colorada mientras los dos profesores me retenían charlando conmigo como si tal cosa. ¡Dios, estar desnuda delante de ellos era más duro que con gente de mi edad!
-¿Y qué se supone que vas a sacar en claro de todo esto? –me preguntó el viejo profesor mirándome fijamente… un poco más abajo de donde a mí me gustaría.
-Bueno yo… -de repente me sentí ridícula, absurda, pero afortunadamente Miss Rose salió en mi ayuda.
-Es un estudio sobre el impacto que todavía hoy tiene el desnudo en nuestra sociedad. Pretende reflejar cómo los hábitos culturales condicionan los instintos propios de la especie, ¿no es así Ana?
-Sí… claro –me sentía incapaz de articular nada inteligente, sólo rogaba poder salir de allí lo antes posible.
-Me encantaría charlar contigo de esto –siguió Miss Rose- ¿te importaría pasar un día de estos por mi despacho?
-Claro, por supuesto.
-Deduzco que hoy no van a venir hoy ustedes a mi clase, señoritas –siguió a lo suyo Mr. Howard.
-Yo… verá –creo que era imposible estar más colorada que yo en aquel momento.
-Tenemos una cita con el profesor Spencer –mintió Mary saliendo en mi auxilio.
-De acuerdo, de acuerdo –dijo Mr. Howard sin apartar su vista de mis pechos- espero ser más afortunado mañana.
-Por supuesto, no faltaremos –contesté sin aliento.
Durante todo el tiempo que duró la conversación, numerosos alumnos pasaban por nuestro lado, generalmente sonrientes y sorprendidos. Algunos me guiñaban el ojo, otros me lanzaban besos, pero al menos todos parecía capaces de mantener la compostura. Cuando al fin pudimos salir al jardín, Mary y yo estallamos en unas risas nerviosas y estridentes.
-¡Qué situación! –decía mi amiga- menuda charla en cueros con los profes, jaja, Mr. Howard no te quitaba el ojo de encima, creo que a mí ni siquiera me ha visto.
-¡Vaya con el vejete! –reí yo- me parece que a partir de ahora no va a ser tan fácil faltar a sus clases.
-¿Dónde quieres que vayamos? –me preguntó Mary cogiéndome de la mano.
Muchas veces caminábamos así mientras comentábamos nuestras cosas, pero nunca el contacto de sus manos calientes y suaves había sido tan agradable para mí.
-¿Qué tal si nos sentamos un rato al sol detrás de
Efectivamente, según avanzábamos por la hierba, cada vez había menos alumnos a nuestro alrededor.
-¿Sabes? –le dije- ir desnuda es extraño. A veces me parece que me voy a morir de vergüenza, otras me siento… poderosa. Y ahora, aquí, me siento genial. No sabes lo delicioso que es sentir la hierba fresca en la planta de los pies.
-Yo te veo muy bien, tengo la sensación de que vas a terminar disfrutando con esto. Y desde luego, vamos a ser las dos muy famosas, jaja.
En ese momento, unas voces que se acercaban nos hicieron volvernos. Si esperaba tener un momento de tranquilidad, estaba equivocada. Michael y Hans, dos alemanes que solían salir con nuestro grupo, se acercaban a grandes zancadas hacia nosotras.
-Os estábamos buscando, jaja, la clase de Mr. Howard es aburridísima –dijo Michael.
-Desde luego, es mucho mejor pasar el rato con una preciosa chica desnuda –añadió su amigo.
En buena me había metido, Michael y Hans eran dos de los peores estudiantes de Hogescholl. Tremendamente simpáticos pero también increíblemente pesados. Eran ese tipo de chicos que intenta ligar con cualquier persona del sexo opuesto. Si ya eran insistentes en condiciones normales, no quería ni imaginar qué me podía pasar en aquellas circunstancias.
-¿Podemos sentarnos con vosotras? –dijo Michael al ver que las dos nos tumbábamos en la hierba.
-¿Serviría de algo decir que no? –contesté sonriendo. La verdad es que los dos me caían bien, y tarde o temprano tenía que pasar por aquello.
-Podemos ayudarte con tu trabajo –dijo Hans feliz- te voy a decir cómo me impactas a mí: estoy loco de alegría, ¡joder, esto tenía que ser obligatorio, estás de rechupete!
Mientras hablaba, su mirada se deslizaba por mi cuerpo sin omitir la más mínima parte de mi anatomía. Pero no me molestaba, al fin y al cabo su reacción me parecía natural, y ya he dicho que los dos muchachos me parecían muy agradables.
-¡No la molestes! –dijo Michael fingiendo seriedad- ya has oído a Mr. Spencer, esto es un experimento serio, ¡no querrás pasar por un niñato incapaz de dominar sus instintos!
-La verdad –comentó Hans- es que no creí que fueras a hacerlo. Pero oye, ¡nos has alegrado el día a todos! ¿quieres casarte conmigo?
-No seas bobo –reí simulando vergüenza. Pero lo cierto es que me sentía más bonita y deseada que nunca.
-Si quieres podemos ser tus escoltas –comentó Michael- no nos separaremos de ti ni un momento, nadie podrá acercarse a ti sin nuestro permiso.
-Incluso, si quieres, podemos dormir contigo en el dormitorio –le apoyó Hans- todo sea por el avance de la ciencia.
-Vaya dos tontos –dijo Mary- ¿creéis que así vais a ligar con Ana?
-¿Quién sabe? Cuando estaba vestida no nos hacía caso, tal vez ahora…
Hans se había acercado demasiado a mí, pero no me hacía sentir incómoda.
-Ten cuidado –le dije- si me siento acosada tal vez me vista antes de terminar el experimento.
Eso fue suficiente para que, con exagerados gestos de terror, los dos chicos prometiesen portarse bien, no sin dejarme claro que estaban decididos a pasar mucho rato a mi lado. Durante una hora, los cuatro charlamos en la hierba, ellos vestidos y yo desnuda como la venus de algún cuadro renacentista.
Era increíble estar allí, en cueros, hablando como si tal cosa. Tenía la sensación de que en cualquier momento iba a aparecer algún representante del rectorado para llamarme la atención por mi desvergüenza. Luego recordaba que tenía todos los permisos necesarios, que mi experimento gozaba incluso de un reconocido prestigio entre los profesores, y que aquella situación que tan surrealista me parecía iba a ser la habitual durante todo el mes siguiente. Francamente, no sabía si sentirme asustada o tremendamente feliz.
-Es casi la hora de comer –me dijo Mary muy bajito- ¿qué quieres hacer?
De repente, la propuesta de mis dos amigos no me parecía tan descabellada. Al fin y al cabo, tener al lado a gente conocida me podía servir de escudo.
-¿De verdad queréis ser mis guardaespaldas chicos?
-¡Por supuesto! –rieron los dos cuadrándose militarmente.
-Pues entonces, os ordeno que me escoltéis al comedor, tengo un hambre canina.
No en vano, no había desayunado nada, y mi estómago empezaba a dar síntomas de rebelión. Aunque seguía sumamente nerviosa, noté extrañada que tenía apetito, así que me levanté y, sacudiendo con las manos las hierbas que habían quedado pegadas en mis posaderas, me dispuse a caminar hacia el comedor escoltada por mis amigos.
-Eso lo puedo hacer yo gustosamente –sugirió Hans con aire indiferente al ver que yo palmeaba mi trasero.
-Ni lo sueñes –le sonreí contenta.
La entrada en el comedor levantó cierta expectación, aunque habíamos elegido la primera hora y no había demasiada gente. Una vez allí, Helen, Susan y Peter se unieron a nosotros, y sentada entre mis seis amigos me sentí un poquito más protegida de las miradas de extraños.
-Por ser el primer día –dijo Susan solícita- podemos cogerte nosotros lo que nos pidas.
Fue un alivio no tener que levantarme, ponerme a la cola y pasar por entre los mostradores eligiendo lo que deseaba. Además, había un par de camareros que ya debían de tener tortícolis de tanto mirarme desde detrás de la barra, la idea de acercarme a ellos no me hacía especialmente feliz. Así pues, agradecí profundamente el respiro de aguardar sentada junto a Helen mientras los demás se ocupaban de traer las cosas.
La comida fue curiosamente divertida. De un modo increíble, que uno de los comensales estuviese en cueros parecía dotar a nuestro grupo de un atractivo especial. No sólo yo me sentía diferente y lo vivía de un modo más intenso que cualquier otro día, mis propios compañeros parecían excitados, nerviosos, como si ellos mismos se sintiesen protagonistas de algo importante.
Sólo Peter parecía no sentirse muy a gusto. Ya he dicho que yo creía gustarle. No como a Hans o Michael, que se arrimaban a todo aquello que llevase faldas, sino de un modo más profundo. El pobre muchacho permanecía serio, sin apenas atreverse a mirarme e incapaz de secundar las continuas bromas de los dos alemanes. Tuve un poco de lástima por él, tan tímido y poquita cosa, pero no se me ocurría cómo podía ayudarle a llevarlo mejor.
Estábamos terminando la comida cuando, un súbito silencio entre mis amigos me avisó de que alguien se acercaba. Apenas tuve tiempo para volverme cuando, a mis espaldas, el profesor Spencer me saludó con su hermosa voz de tenor.
-Hola Ana, llevo todo el día buscándote.
-Ho… hola James –no sé qué me puso más colorada, saludarle estando en cueros o llamarle por su nombre de pila… algo que nunca antes había hecho ¿en qué estaba pensando?
-Veo que todo va saliendo bien –contestó él mirando sonriente a mis compañeros.
-Sí, todo de primera –contestó Michael con una sonrisa de oreja a oreja.
-Me alegro, no tenía ninguna duda de vuestra madurez. De todos modos –me dijo mientras me miraba a los ojos quizá demasiado ostensiblemente- me gustaría charlar contigo Ana, podrías pasarte esta tarde por mi despacho?
-Claro, por supuesto –contesté mientras notaba que el pulso se me aceleraba ¿por qué razón estar desnuda delante de Mr. Spencer me resultaba tan desasosegante?
Como me temía, apenas se retiró él, los comentarios no se hicieron esperar.
-Esto es algo muy serio –decía Hans imitando la voz del profesor- pásate por mi despacho, a solas… y desnuda, jaja.
-Enseguida voy James –rió Michael imitando mi voz aguda.
-¡Sois unos infantiles! –les regañó Mary apoyándome.
Pero, por mucho que intentase decirme a mí misma que lo que hacía era sólo para tener una base en que apoyar mi trabajo, la reunión con James Spencer me producía unos extraños escalofríos.
***
Una hora después, tocaba nerviosa en la puerta del despacho de Mr. Spencer. Como había prometido esa mañana, Mary me había acompañado en todo momento, pero ahora debía esperar fuera, era ridículo pretender que ella pasase conmigo a la reunión. Yo no conseguía entender por qué me alteraba tanto la idea de charlar con mi profesor estando desnuda. Desde luego, era una situación increíble, absurda, pero ¿no era igualmente absurdo pasearme por el campus con el culo al aire? ¿cuál era el motivo de que aquella charla me pusiese tan nerviosa? Como ya he comentado, mi profesor me parecía un hombre atractivo e interesante, pero casi podía ser mi padre, de ningún modo…
-Adelante –se oyó su voz desde dentro.
Mary me sonrió mientras se sentaba fuera a esperarme.
-Tranquila –me dijo- no me muevo de aquí hasta que salgas.
Con el corazón palpitando a mil por hora, entré en el despacho de mi apuesto profesor. Durante unos segundos, me quedé de pie ante él, completamente desnuda, esperando que él me hiciese gestos para que me sentara. Por un instante, tuve la sensación de que Mr. Spencer también estaba un poquito abrumado por la situación. Por más que intentase mostrarse como un hombre maduro, equilibrado y de rigor científico, su manera de deslizar la mirada por mi cuerpo me hizo sentir más una mujer hecha y derecha que una investigadora tenaz.
-Pasa pasa –me dijo él como saliendo de un sueño- siéntate por favor.
Con piernas temblonas, me senté en la silla que él me indicaba. Afortunadamente, su voluminoso escritorio macizo se interponía entre nosotros, de modo que mi pubis quedaba totalmente a salvo de sus miradas. Sólo mis voluminosos pechos estaban al alcance de sus ojos, y de repente constaté alarmada que mis pezones estaban increíblemente hinchados ¿se daría él cuenta?
-Quería decirte que me pareces una chica muy valiente…
-Gracias… la verdad es que ha sido duro…
-Sabes que puedes dejarlo cuando quieras, tal vez con la experiencia de hoy haya sido suficiente para…
-¡No! –enseguida enrojecí por mi impulsiva respuesta- quiero decir que… lo más difícil ya está hecho. Creo que ahora debo seguir adelante.
-Lo celebro, lo celebro… quiero decir que… creo que es lo más acertado.
El profesor Spencer me parecía de todo menos sereno, y eso hacía que yo misma me sintiese terriblemente nerviosa.
-Verás, quería comentarte algunas cosas –carraspeó él- hay un estudio muy interesante de Nicholas Caveman que…
Hablando de lo que conocía mi profesor se sentía más seguro. Era evidente que hacía unos esfuerzos ímprobos para no mirarme los senos. Los dos estábamos un poco incómodos, pero a la vez… ¡qué increíble sensación recorría mi cuerpo! Oír la voz de Mr. Spencer acariciando cada fibra de mi cuerpo desnudo era tan… embriagador ¡jamás habría imaginado vivir un momento igual!
Mientras él hablaba, yo miraba sus manos, finas y delicadas pero al mismo tiempo varoniles y seductoras, e imaginaba cómo sería sentirse acariciada por ellas.
-No sé dónde tengo este libro…, tal vez en la estantería…
-¿Qué? –había estado tan absorta que casi no me había enterado de nada.
Ahora, mi profesor miraba al otro lado del despacho, necesitaba un libro que apoyaba lo que me estaba contando. Sin pensar en lo que hacía, me levanté yo misma y me ofrecí a buscarlo.
-Están ordenados alfabéticamente, busca
De repente, los dos nos habíamos dado cuenta. Mientras él seguía sentado a su mesa, yo me había levantado y buscaba el libro que me pedía, para lo cual tenía que situarme de espaldas a él. Ahora yo no podía vigilar su mirada, y mi carnoso pandero debía ofrecer una inmejorable vista a mi profesor.
Súbitamente, noté que me ponía colorada ¡estaba desnuda, dejándole que se recrease a sus anchas en la contemplación de mis redondas nalgas! Pero, ¿qué podía hacer ya, aparte de fingir que no me había dado cuenta de nada? Por otro lado… cada vez estaba más excitada. Podía notar su mirada deslizarse por mi piel, era consciente de dónde estaban sus ojos en cada momento, en mi espalda de piel suave, en los encantadores hoyuelos de mis riñones, en mis poderosos glúteos tensos por la postura…
Una parte de mí se hubiera quedado allí eternamente, convertida en objeto decorativo para el despacho del profesor Spencer. Pero finalmente encontré el libro, y cuando me volví aún le sorprendí mirándome, aunque él rápidamente desvió su rostro de líneas inteligentes y fingió estar muy concentrado en su tesis.
De nuevo sentada frente a él y protegida por su mesa de escritorio, crucé las piernas y me dispuse a escucharle. Su voz me arrullaba y me enardecía al tiempo, y aunque casi no era capaz de entender lo que me decía, me sentía dichosa de poder estar allí para escucharle ¿siempre había hecho tanto calor en aquel despacho?
De repente, noté que, sin darme cuenta, había descruzado las piernas. Ahora estaba sentada muy recta, con las piernas ligeramente separadas y mi mano izquierda apoyada indolentemente en la cara interna de mis muslos. El profesor seguía su charla, parecía muy interesado en explicarme un concepto de vital importancia, y yo a duras penas seguía sus laboriosas y largas frases ¡estaba guapísimo con aquella luz!
-Creo que lo que Caveman quiere decirnos es que la sociedad industrial ha destruido al buen salvaje, ¿no estás de acuerdo Ana?
-Er… sí… creo que es una observación acertada…
Spencer seguía adelante, cada vez más enfrascado en su charla y sin apenas mirarme. Por otro lado, una gruesa mesa de pino nos separaba, él no podía verme de cintura para abajo, ¿y si…?
Juro que yo no soy así. Juro que fueron las circunstancias, lo agotador de aquel día, lo extraño de mi situación. Puedo decir bien alto que no era yo misma la chica que, sin apenas darse cuenta de lo que hacía y mientras su apuesto profesor peroraba de un modo interminable, abrió un poquito más las piernas y dejó que sus deditos índice y corazón entrasen con suavidad y sigilo dentro de su húmeda y cálida vagina.
De ese modo, con dos dedos en mi interior y tratando de componer una expresión lo más serena posible, me dispuse a escuchar la charla de mi profesor. En mi descargo tengo que decir que apelé a toda mi fuerza de voluntad y conseguí tener los dedos totalmente quietos dentro de mi delicioso conejito.
-¿Dirías entonces que este primer día ha sido provechoso?
Spencer me miraba ahora fijamente, y creo que enrojecí vivamente. Desde donde él estaba, no podía ver lo que sucedía por debajo de mi cintura. Me había hecho el firme propósito de no mover en absoluto mi mano izquierda, e incluso liberar mi sexo en cuanto mi profesor terminase con su charla. Pero, de repente, la idea de contestarle, de hablar con él mientras el calor iba subiendo por mi entrepierna, fue demasiado seductora como para poder resistirme.
-Ha sido… un día extraño… -recé para que él atribuyese mis jadeos a la vergüenza de la situación- pero creo que sí… ha sido… provechoso.
-Muy bien. Creo que el resto de profesores, e incluso los alumnos, lo han encarado de un modo positivo. De verdad creo que es una experiencia que puede ser sumamente interesante desde un punto de vista…
Estaba excitadísima. A pesar de que no me atrevía a mover en absoluto la mano izquierda, y menos ahora que él me miraba fijamente, mis propios dedos parecían palpitar en mi sexo hinchado y tembloroso. Sentía que con sólo moverlos suavemente podría alcanzar un orgasmo increíble allí mismo, pero no podía abandonarme, no podía ceder ¿qué pensaría Mr. Spencer?
-Me gustaría repetir estas charlas con frecuencia –decía él mirando de nuevo sus papeles- cambiar impresiones contigo, ver si surge algún problema… quiero ayudarte en todo lo que esté a mi alcance.
-ummmmchis?! –un leve gemido que disfracé con un estornudo final escapó de mi cuerpo. Si aquello no era un orgasmo, se le parecía mucho.
-¡Vaya! Espero que no te pongas enferma. Tenemos un tiempo estupendo, pero supongo que en tu país hace mucho más calor.
-Sí, no es nada… -¿por qué demonios no era capaz de sacar mis dedos de allí?
-Bueno, no quiero retenerte más, supongo que hoy estarás cansada.
-Sí, creo que necesito descansar, mañana puedo venir de nuevo –dije con repentina alegría. Lo cierto es que me moría de ganas de repetir la charla.
Ahora que mi sexo se había desahogado un poco, me notaba más ligera, aunque mis traviesos dedos seguían llenando de un modo delicioso mi vagina palpitante. Pero de pronto vi que el profesor Spencer se levantaba de su silla con evidente intención de acompañarme hasta la puerta.
Terriblemente asustada, me levanté de un salto y liberé al fin mi sexo ardiente. Confusa, escondí los dedos que podían delatarme detrás de mi espalda y me dirigí hacia la puerta. A mi lado, Mr. Spencer parecía más alto que en clase, y caminar desnuda junto a él me resultó infinitamente agradable ¡dios, qué húmedos tenía los dedos!
-Bien, entonces, nos vemos mañana –le estrechándole la mano. La mano derecha, por supuesto.
-Creo que mañana no tenemos clase –contestó él, serio.
-Pero… vendré a la misma hora… para comentar cómo va todo, ¿no? –pregunté con una expresión de desamparo que volvió a avergonzarme.
-¿Eh? ¡Ah, sí, por supuesto! Entonces… hasta mañana.
Los dos nos despedimos con la sensación de haber dicho algunas tonterías. Mary me esperaba preocupada.
-¡Qué barbaridad, dos horas de reunión! Ya pensé que pasaba algo.
El tiempo se me había pasado volando, pero ahora sólo tenía un pensamiento.
-Vamos corriendo a la residencia, necesito darme una ducha urgente.
***
Por fin a solas después de aquel día agotador, me masturbé lenta y muy satisfactoriamente bajo el chorro de agua caliente. La charla con Mr. Spencer me había parecido el momento más erótico de mi vida, y por un instante fantaseé traviesa con la idea de hacerle el amor, subida sobre él en la comodísima butaca de su despacho.
Cuando alcancé el orgasmo, pensé asustada que había sido el más intenso que recordaba haber tenido ¿estaría enamorada de mi profesor? ¿o más bien aquello era el resultado de un día de experiencias impactantes y sumamente sensuales?
Al salir de la ducha, me sequé con la pequeña toalla que Mary me había proporcionado. Durante el breve tiempo que había estado bajo el agua había vuelto a ser una persona normal. Pero, de nuevo, volvía a mi extraña situación, tenía que cruzar desnuda por el pasillo para llegar a mi habitación, donde mi amiga me esperaría con un par de sándwiches fríos para cada una. Para ser el primer día, había cumplido con creces, la verdad es que no me apetecía salir a tomar algo o a dar un paseo después de la cena. Así pues, no más de
Iba caminando por el pasillo, congratulándome de encontrarlo totalmente desierto y preguntándome dónde se habría metido Silvie aquel día cuando, en la puerta de nuestro dormitorio, me encontré con mi enemiga… acompañada de Henry, el chico más guapo que os podáis imaginar.
Henry era francés, al igual que Silvie, pero era de origen argelino. Eso le daba un aspecto muy varonil, tan alto y con su pelo cortísimo que tanto me gustaba. Tenía unos ojos verdes increíbles, y una expresión inteligente y honesta que me encantaba. Henry tenía solo dos defectos: uno, que apenas parecía reparar en mi existencia, por más que yo intentase charlar con él a la mínima ocasión; dos, que parecía estar muy interesado en la pérfida Silvie.
Como podéis imaginar, encontrarme con aquellos dos seres tan perfectos en medio del pasillo… estando yo completamente desnuda, no era mi idea de pasar un buen rato. Por un instante, tuve la tentación de cubrirme con la toalla que llevaba en la mano, pero luego pensé que, después de lo que había pasado aquel día, no podía rendirme justo cuando Silvie estaba presente.
-¡Vaya! –dijo ésta mirándome de arriba a abajo de un modo sumamente indiscreto- veo que al final lo has hecho.
-No te he visto en todo el día…
Mientras me acercaba, sentí cómo Henry me miraba sorprendido… agradablemente. Sentir que mis bamboleantes pechos merecían su aprobación me gustó, notar su mirada en mi rizado vello púbico… volvió a alterarme un poquito ¡era tan guapo!
-Henry y yo nos hemos tomado un día libre –dijo Silvie sonriendo.
De cualquier modo, sentí que por primera vez desde que nos conocíamos mi enemiga parecía encontrarse menos segura de sí misma y su poder de fascinación, como si mi cuerpo desnudo… de repente se hubiese convertido para ella en un incómodo rival.
-¿Qué tal, Ana?
-Bien, Henry, ¿y tú?
Me gustó que Henry me mirase directamente a los ojos mientras me hablaba, y que no hiciese ninguna alusión a mi desnudo me resultó tremendamente sensual.
-Bueno, estoy agotada, creo que voy a cenar algo y enseguida a la cama –dije intentando disimular mis nervios.
-Yo también me voy –contestó Henry- nos vemos mañana.
Antes de entrar, me las arreglé para ver cómo se despedían. Aunque estoy segura de que Silvie esperaba otra cosa, Henry no la besó, lo que me produjo una alegría infinita. De momento, el apuesto muchacho no había caído en sus redes.

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