martes, 27 de julio de 2010

Desnuda por la universidad, 2da parte

Se suponía que debía empezar a tomar notas, a sacar conclusiones de mi trabajo de campo. Sencillamente, estaba desbordaba por la experiencia. Cuando Mary y yo terminamos de cenar me metí en la cama y, sin poderlo remediar, caí rendida de sueño.

De cualquier modo, tenía mucho tiempo por delante para desarrollar mi trabajo.

-¿Seguro que estarás bien? –me preguntó Mary con expresión preocupada.

-Claro, no te preocupes por mí, vete tranquila.

Llevaba ya tres días paseándome por el campus con el culo al aire y sin duda me había convertido en una celebridad. Todo el mundo, tanto estudiantes como profesores, me conocía por mi nombre, y fuese donde fuese era siempre el centro de atracción de todas las miradas, lo que producía un doble efecto sobre mí. Por un lado, un natural sentimiento de pudor y vergüenza; por otro, un inconfesable pero no por ello menos real estremecimiento voluptuoso. Ya no podía negármelo a mí misma: me gustaba mostrar mi cuerpo.

Lo que al principio había empezado como un juego amparado en la excusa de mis calificaciones, se estaba convirtiendo poco a poco en una adicción. Sí, me gustaba exhibirme desnuda en un mundo vestido, me gustaba ver las caras de deseo de mis compañeros, la envidia en mis amigas que, a mi lado, pasaban totalmente desapercibidas. Incluso la hermosa Silvie me parecía menos poderosa desde que mis encantos se ofrecían a la vista de todos.

¿Y qué decir del inexplicable calor que sentía durante las reuniones con el profesor Spencer? Aunque había evitado repetir mi alocada actuación del primer día, sólo gracias a un supremo esfuerzo de mi voluntad conseguía dominar mis nervios en su presencia. Estar desnuda delante de un hombre atractivo… me excitaba enormemente, despertando en mi cuerpo sensaciones eróticas desconocidas hasta la fecha.

Sin embargo, a pesar de los muchos momentos placenteros que había vivido aquellos días, ese jueves me había despertado un poco nerviosa. En primer lugar, Mary, mi fiel y solícita amiga que no se había separado de mí desde el inicio de mi experimento, tenía aquel día un compromiso fuera de la universidad. Una tía suya que vivía en Bruselas había enfermado, nada grave, pero sí lo suficiente como para arrebatarme el apoyo de mi querida compañera.

Aunque ya era una nudista experta y decidida, la idea de pasearme sola por el campus durante todo el día me producía un innegable temblor de piernas. Además, por si eso fuera poco, tenía una cita en el despacho de Miss Rose, la profesora de psicología. Llevaba días intentando quedar conmigo y yo le ponía una y mil excusas pero, finalmente, me había visto acorralada. Aunque no sabría explicar el motivo, la idea de una charla a solas con ella no me hacía especialmente feliz, y el recuerdo de mis entrevistas con el profesor Spencer no contribuía a relajarme.

Así pues, aquel jueves Mary y yo salimos juntas de nuestra habitación (Silvie continuaba durmiendo, probablemente recuperándose de una agitada noche), desayunamos con el resto del grupo y, después, tuve que ver cómo mi mano derecha durante todos esos días se despedía de mí hasta la noche.

-Cuidádmela bien –les dijo a Susan y Helen mientras se alejaba.

-No te preocupes por ella –contestó Susan alegre- no pienso separarme de ella en todo el día.

Lo cierto es que mis amigas cumplieron su palabra. Durante toda la mañana, fueron mi escolta personal, e hicieron lo imposible por conseguir que yo olvidara la ausencia de Mary. Primero, sentadas a mi lado en clase, donde cada vez llamaba menos la atención mi presencia en cueros. Aún así, muchas veces veía las miradas de reojo que me dirigía el sector masculino, que curiosamente me parecía diferente cada día. Más tarde me enteré de que, desde el inicio de mi experimento, los chicos habían llegado a un acuerdo para intercambiar diariamente sus asientos, de modo que todos tuviesen alguna vez el privilegio de sentarse cerca de mí. Debo reconocer que, cuando tuve noticia de ello, no pude evitar esbozar una sonrisa de satisfacción.

Las clases de la mañana transcurrieron a toda velocidad y, sin darme cuenta, había llegado la hora de la entrevista con Miss Rose. Aunque no me apetecía nada la perspectiva, pensé que cuanto antes me la quitase de encima mejor. Solícitas, Susan se ofreció a acompañarme hasta el despacho de la profesora, y Helen me prometió pasarse por allí para rescatarme, con la excusa de que teníamos que estudiar.

-¿Tienes planes para esta tarde? –me preguntó Susan mientras avanzábamos por el pasillo.

-No, supongo que la pasaré en mi habitación, preparando el trabajo de sociología.

Aquella tarde no teníamos clases, y además no podía demorar más el inicio del trabajo.

-¡Qué ojazos tienes! –exclamó un muchacho al cruzarse con nosotras.

-¿De verdad crees que se ha fijado en tus ojos? –rió divertida Susan.

-A juzgar por dónde miraba, juraría que no –contesté ruborizándome un poco, aunque no podía negar que me gustaba ser piropeada.

-La verdad es que estás muy guapa –comentó apreciativamente mi amiga mientras me miraba de arriba abajo.

-¡Ay! No me mires así.

-¿Qué pasa, no te gusta?

-No es eso…

-¿Entonces?

¿Cómo explicarle a Susan los complejos sentimientos que me producía ir desnuda por la vida? Mi amiga me miraba los senos apreciativamente, y yo… ¡me sentía tan increíblemente bien! Afortunadamente, habíamos llegado ya a la puerta del despacho de Miss Rose.

-Bueno, aquí te dejo –comentó Susan- esta tarde me pasaré por tu habitación, por si necesitas algo.

-De acuerdo, muchas gracias por… ¡plas!

Atónita, me giré hacia Susan.

-¿Me has…? ¡Me has dado un azote!

-Sí, jaja. Espero que no te moleste. Tienes el culo tan redondo… ¡llevo tres días queriendo hacerlo!

Por un instante, no supe si sentirme molesta o halagada. Desde luego, si Hans, o Michael, o cualquier otro de los chicos hubiese hecho aquello, yo habría montado en cólera. Pero Susan me miraba tan risueña y amistosa que no supe qué contestar. Por otro lado, un cachete en el trasero no era nada del otro mundo, pero un cachete en mis desnudas nalgas…

En ese momento, la puerta del despacho de Miss Rose se abrió y ya no pude pensar más en ello.

***

-Hola Ana, ya pensaba que te habías olvidado. Pasa, pasa, tenía muchas ganas de hablar contigo.

Deseosa de terminar con aquello cuanto antes, entré en el pequeño despacho y me senté en una de las sillas que había frente a su escritorio. Contrariamente a lo que sucedía en mis entrevistas con el profesor Spencer, Miss Rose se sentó a mi lado, por lo que las dos podíamos vernos sin tapujos y no separadas por la mesa. Por algún motivo, un leve estremecimiento recorrió mi cuerpo al ver la expresión sonriente de mi acompañante: daba toda la impresión de llevar mucho tiempo esperando ese momento.

-¿Quieres tomar algo Ana? Puedo pedir que nos traigan lo que quieras.

-No gracias –contesté educada pero con firmeza.

Tal vez fuese el efecto del sorprendente azote que acababa de recibir, pero de repente tuve la desagradable sensación de que mi desnudo había dejado de ser inocente y virginal.

-Bueno, cuéntame, - dijo Miss Rose acomodándose a mi lado- ¿qué tal tu primera semana sin ropa, jijiji?

La risa nerviosa que acompañó a la pregunta no me pareció excesivamente profesional. Mientras que el profesor Spencer procuraba ser siempre neutro y extremadamente correcto en sus relaciones conmigo, Miss Rose no parecía molestarse en ocultar cuánto le gustaba mi experimento. Por un instante, me quedé mirándola sin saber qué contestar. Era una mujer de alrededor de 50 años pero que todavía conservaba restos de lo que posiblemente había sido una considerable belleza. Vestía de un modo sobrio pero elegante, conjunto de chaqueta y falda por encima de la rodilla y unos bonitos aunque serios zapatos bajos. De repente, una idea inquietante vino a mi mente ¿había oído en algún sitio rumores sobre la orientación sexual de Miss Rose? Sin poder recordar con nitidez, maldije mi carácter despistado y poco amante de los cotilleos.

-Como profesora de psicología –continuó Miss Rose al ver que yo no acertaba a contestar nada- me interesa más el aspecto individual del asunto que el colectivo.

-Comprendo –dije un poco inquieta, aunque en realidad no conseguía imaginar a dónde quería llegar mi interlocutora.

-Mientras mi colega, el profesor Spencer, se fija sobre todo en los efectos que tu experimento provoca en la sociedad que nos rodea…

Ahora me pareció que Miss Rose divagaba, y una inquietud creciente me invadió mientras pensaba que habría estado mucho más cómoda si la entrevista se hubiese realizado estando separadas por la mesa del despacho. Si mi profesora había querido sentarse junto a mí para crear un ambiente más íntimo y relajado, se había equivocado.

-…a mí, por el contrario –seguía ella su perorata- me importa sobre todo saber cómo te sientes tú.

-¿Yo? –de repente, mis nervios se pusieron en tensión, como si algo fuera de lo normal estuviese a punto de suceder.

-Sí, tú –estrechaba el cerco Miss Rose- Me gustaría que te relajases y me explicases cómo te sientes al estar desnuda delante de gente vestida.

-Bueno, yo… no sabría qué decir… es una sensación extraña.

-Por ejemplo ahora. Tú en cueros, una chica hermosa, con unos senos llenos y jóvenes, con un cuerpo tan agradable… y yo, tu profesora, correctamente vestida… ¿sientes rubor… vergüenza… excitación?

Cada vez estaba más incómoda. A pesar de no llevar ropa, me parecía que hacía un calor increíble en el despacho de Miss Rose. Y todas esas preguntas… ¿no me miraba los pechos demasiado ostensiblemente? Una cosa era tratarme con naturalidad, no evitar mirarme por el hecho de estar desnuda… otra muy distinta era recrearse en cada curva de mi anatomía. Tal vez fuesen imaginaciones mías, pero tenía la sensación de que Miss Rose no se comportaba igual en privado que cuando nos encontrábamos por los pasillos del campus. Más que por deseo de contestar, respondí para intentar que su mirada dejase de concentrarse en mis voluminosos pechos.

-Tengo… un poquito de vergüenza.

-Es natural –rió ella alborozada- al fin y al cabo, podría ser tu madre…

Era evidente que esperaba que yo la desmintiera pero, ante mi silencio, volvió al ataque con renovados bríos.

-Espero que veas en mí una amiga Ana, y que me cuentes todo lo que pasa por tu linda cabecita sin rubor. Creo sinceramente que necesitas desahogarte, sacar fuera toda la tensión acumulada. Estás viviendo algo muy bonito pero muy impactante, y estoy segura de que yo puedo ayudarte.

En eso tenía razón, no me venía mal una charla en confianza. Incluso con Mary, no me atrevía a tocar ciertos temas ¿cómo explicar que en muchas ocasiones me encontraba excitada de un modo sutil pero innegable? Al fin y al cabo, Miss Rose era una profesional, una psicóloga, con ella podía hablar como con un médico.

-Han sido unos días duros. Muy interesantes, pero también muy difíciles –reconocí finalmente exhalando un suspiro. Andar por ahí en cueros delante de todos…

-Supongo que es una experiencia sumamente excitante –los ojos de la profesora se abrían de un modo que reflejaba un vivo interés.

-La verdad es que es una sensación maravillosa. Me siento importante, especial… poderosa.

-Hubiera apostado a que era así. Te he observado mucho durante estos días, y tienes un brillo increíble en la mirada Ana.

Súbitamente, noté que me ponía colorada ¿hasta qué punto y cuándo me había observado Miss Rose?

-¿Tienes novio? –me preguntó entonces tan bruscamente que creo que incluso ella se sintió cohibida- me… me gustaría saber cómo lo ha vivido él.

-No… no tengo novio –contesté nerviosa- pero creo que hay muchos chicos que, de repente, se interesan por mí.

-Es natural Ana. Eres muy bonita, y luciendo así tus encantos…

Otra vez Miss Rose me miraba por debajo de la barbilla, y de nuevo yo me sentía entre molesta y… alterada.

-¿Ha habido algún momento en estos días en los que te sintieras sexualmente excitada?

La pregunta me pilló tan de improviso que enrojecí vivamente y tuve unos deseos terribles de salir de allí de inmediato. Al ver la expresión de mi rostro, Miss Rose se apresuró a tranquilizarme. Creo que ella misma fue consciente de haber ido demasiado lejos para nuestra primera sesión juntas.

-No te avergüences Ana, el sexo es algo natural y hermoso, que debe servir para desarrollarnos como personas y…

Yo casi ya no podía escucharla. Nerviosa, miraba de reojo el reloj de la mesa del despacho, ¿por qué tardaba tanto Helen en venir a buscarme? Sentada desnuda al lado de Miss Rose, me sentía más indefensa y expuesta que ante la mirada de mis compañeros varones, como si aquella madura mujer intentase traspasar mi piel con sus ojos y adentrarse en los más profundos recovecos de mi cuerpo.

-¿Tienes prisa? –me preguntó ella al ver mis furtivas miradas al reloj.

-Tengo que preparar un examen –aproveché para levantarme precipitadamente.

-Claro, claro –suspiró ostensiblemente mi interlocutora- pero prométeme que vendrás a verme al menos una vez por semana, estoy muy interesada en ti… y en tu experimento, Ana.

Miss Rose permanecía sentada mientras yo estaba de pie ante ella. En aquella posición, mi espeso vello púbico quedaba prácticamente a la altura de su rostro, lo que me hizo enrojecer sin poderlo remediar ¡mi sexo desnudo estaba tan cerca de ella! Al fin, Miss Rose se levantó y me acompañó hasta la puerta.

-Quiero que sepas que tienes todo mi apoyo –me dijo mientras apoyaba suavemente su mano sobre mis riñones, en un gesto que no supe cómo interpretar- el decano de la facultad me preguntó y…

-¿El decano?

-Sí –respondió ella con una extraña sonrisa- quiere conocerte personalmente, pero no te preocupes, es un vejete encantador.

No sé cómo se las arregló Miss Rose pero, mientras yo asimilaba la nueva noticia como podía, su mano derecha, antes de asir el pomo de la puerta, rozó "casualmente" mi pecho izquierdo. Cuando al fin me vi fuera del despacho, suspiré aliviada.

-Hola –me saludó cordialmente Helen- Llevo aquí ya un rato, pero no me he atrevido a interrumpir.

Sin volver la vista atrás, caminé junto a mi amiga por el pasillo de la facultad, plenamente consciente de la mirada de Miss Rose sobre mis desnudas nalgas.

***

Me sentí más cómoda cuando Helen y yo nos reunimos con el resto del grupo, Susan, Hans, Peter y Michael. Aunque seguía siendo embriagador y extraño estar desnuda entre ellos, con mis amigos me sentía ya relajada y tranquila, e incluso a veces llegaba a olvidar que me paseaba junto a ellos como mi madre me trajo al mundo. Por su parte, los chicos parecían ir poco a poco acostumbrándose a ver mis redondos senos y mi respingón culete como una parte más del paisaje de la facultad. Sólo el pobre Peter, que cada vez parecía más enamorado de mí, demostraba estar pasándolo realmente mal.

El muchacho, ya tímido de por sí, apenas conseguía mirarme a los ojos o hilvanar dos frases seguidas en mi presencia. Además, Michael y Hans, para los que no podía pasar desapercibida esa situación, no perdían ocasión de hacerle bromas más o menos hirientes. En realidad, Peter se había convertido en una de mis mayores preocupaciones, porque sufría viendo que lo pasaba mal pero no sabía cómo podía ayudarle.

Como cada día, comimos todos juntos en una de las mesas del comedor, mientras desde las mesas cercanas de vez en cuando se oía algún silbido admirativo o algún piropo más o menos altisonante. A veces, chicos o chicas que yo no conocía de nada se acercaban a mí a pedirme un autógrafo, lo que yo hacía entre cohibida y halagada.

Aquel día estaba realmente cansada, así que, nada más terminar la comida, decidí encerrarme en mi habitación. Ausente Mary y con Silvie que nunca volvía hasta muy entrada la madrugada, me apetecía pasar la tarde a solas, meditando sobre los últimos acontecimientos y tal vez avanzando un poco con mis estudios. Aunque Helen y Susan insistieron mucho en acompañarme hasta la misma puerta de mi cuarto, riendo las liberé de su tarea, podía muy bien recorrer sola el pasillo que llevaba hasta mi habitación.

Cuando finalmente me libré de ellas, dirigí mis pasos hacia mi cuarto mientras daba vueltas en mi cabeza a lo sucedido aquel día, el cachete de Susan, la increíble entrevista con Miss Rose, la cara de angustia del pobre Peter…

-Hola Ana, buenas tardes.

En mi ensimismamiento, no me di cuenta de que Henry estaba a apenas unos centímetros de mí. El corazón me dio un vuelco, mi amor imposible, el chico que me gustaba con locura desde el primer día que le vi por el campus, se situó a mi lado y los dos caminamos por el pasillo en dirección a mi cuarto.

-¿Te apetece un café?

Un relámpago recorrió mi cuerpo de lado a lado. Por un momento, breve pero abrasador, había fantaseado con la idea de… estar a solas con Henry, en mi cuarto ¡desnuda! El pulso me latía acelerado cuando contesté.

-Er… bueno… claro.

No podía creerlo. Mi sueño se convertía en realidad pero… ¡en qué circunstancias! Llevaba meses suspirando porque Henry se dignase a mirarme, suplicando por tener una cita con él. Durante todo ese tiempo, había hecho todo lo posible para que él se fijase en mí, pero sin éxito. Ahora, de repente, todo parecía cambiar. Pero lo curioso es que Henry me miraba con total aplomo, como si el hecho de caminar junto a una joven desnuda fuese para él algo totalmente corriente. En ningún momento observaba en él miradas ansiosas o furtivas a mis partes pudendas, aunque sí tenía la típica actitud que se adopta cuando un chico flirtea con una chica.

Mientras entrábamos de nuevo en el comedor, recé para que ninguno de mis amigos apareciese por allí. Yo les había dicho que quería estar sola, estudiar ¿qué dirían si me encontrasen allí, charlando con Henry? Sólo de pensar en la cara que pondría Peter me entraban escalofríos.

Después de pedir en la barra a un camarero que me devoró con la mirada, Henry se las arregló para encontrar una mesa pequeña y solitaria en un rincón del comedor y los dos nos sentamos allí con nuestros cafés. Aunque era consciente del habitual revuelo que provocaba mi presencia, pronto me olvidé de todo y me dediqué a una de mis aficiones favoritas: adorar a Henry.

Estaba guapísimo. Llevaba unos vaqueros muy modernos que caían sobre sus caderas de un modo irresistible, y una camiseta de rayas que me encantaba. Decididamente, Henry tenía mucho gusto a la hora de vestir. Sin darme cuenta de lo especial de mi situación, se lo dije.

-Me gusta mucho tu camiseta, es muy bonita.

Apenas lo dije, me puse coloradísima ¿estaba ligando con el hombre de mis sueños, totalmente desnuda ante él? No podía creerlo. Lo que seguía descolocándome era la total seguridad en sí mismo que tenía Henry. Me miraba directamente a los ojos, sonriendo de un modo encantador, y no hacía la más mínima alusión al hecho de que yo estuviese en cueros ¿acaso no lo había notado? Sin embargo, yo sabía que mi experimento tenía mucho que ver con su repentino interés por mí. Si no para sacar un sobresaliente, al menos sí podría servirme para encontrar novio…

-Tal vez podríamos quedar un día para tomar algo –dijo él con la mayor naturalidad del mundo.

Un calor insoportable empezó a recorrer mi cuerpo, del mismo modo que me sucedía cuando estaba en el despacho del profesor Spencer ¿es que no podía hablar con un hombre guapo sin excitarme? Por otro lado, llevaba esperando aquello tanto tiempo… pero no podía parecer desesperada por salir con él, tenía que hacerme "la difícil". Al fin y al cabo, una chica joven y desnuda por fuerza tiene que tener la agenda repleta.

-De acuerdo –comenté intentando parecer indiferente- tal vez otro día, hoy tengo planes.

-Por supuesto –sonrió él de un modo que me hizo estremecer- ya suponía que no sería fácil quedar contigo.

Jamás había estado tan alterada. Me costaba mantenerme quieta en la silla, me moría de vergüenza y satisfacción al tiempo. Sentados a la mesa, intentaba moverme de modo que mis exuberantes pechos llamasen la atención de Henry, que parecía inmune a mi extraña situación. A veces, me inclinaba tanto que mis senos casi rozaban su antebrazo fuerte y velludo, pero él continuaba como si tal cosa. "Sí –pensaba para mis adentros- pero me has pedido una cita. En el fondo, te mueres de ganas de…"

¿De qué? ¡Dios, en qué estaba pensado! Cualquiera que me viese allí, en pelotas en medio de la universidad, sólo podía sacar una conclusión lógica: Henry quería simplemente sexo conmigo, ni más ni menos. Por unos instantes me sentí muy desgraciada. Pero luego, mi cabeza siguió dando vueltas al asunto. Bueno, ¿y yo, qué quería yo? Llevaba días paseándome en cueros y no podía negar que, a ratos, me sentía ciertamente inspirada. ¿Acaso no me volvía loca en el despacho de Mr. Spencer, donde tenía que refrenar a duras penas mis ansias de jugar con mi delicioso conejito?

Y en ese momento, hablando con Henry, ¿no me moría de ganas de ser poseída por él allí mismo, desnuda y expuesta de un modo embriagador? No podía negarlo, aunque eso jamás aparecería en mi trabajo de Sociología: vivir desnuda desarrollaba enormemente mi lado erótico y juguetón.

Pero seguir sentada junto a Henry podía ser pésimo para mi comportamiento social, mejor tranquilizarme un poco. Cuando él se ofreció a acompañarme de nuevo hasta mi habitación, no tuve fuerzas sin embargo para negarme, por lo que los dos caminamos juntos por el campus, él con sus modernísimos vaqueros y aquella camiseta tan bonita, yo dulcemente desnuda a su lado, casi como una esclava. Una esclava feliz y sumamente excitada.

Mientras caminaba junto a él, apenas prestaba atención a los numerosos curiosos que, entre divertidos y asombrados, se volvían para mirarnos. Si tenía alguna esperanza de que mi pequeña aventura con Henry quedase en el anonimato, podía ir olvidándola.

-Bueno, aquí es –dije sin poder evitar un suspiro cuando al fin llegamos a la puerta de mi habitación.

Una parte de mí se moría de ganas de invitar a Henry a pasar. Pero sabía que si lo hacía perdería el control de la situación, y no quería, no debía claudicar tan pronto. Haciendo un increíble esfuerzo de voluntad, me despedí de él estrechándole la mano y sintiéndome una estúpida mientras recordaba las palabras de Miss Rose "el sexo es algo natural y hermoso".

-Pues aquí te dejo, espero verte pronto –dijo él sin perder su aplomo.

Entonces, con su habitual seguridad en sí mismo, Henry se inclinó sobre mí y me dio un suave y fugaz beso en los labios que me dejó temblando. Luego, se dio la media vuelta y se alejó lentamente, sin volverse, mientras yo me quedaba mirando lo bien que le sentaban esos pantalones tan modernos. Cada vez me gustaba más, Henry.

***

Mentiría si dijera que aquella tarde estudié mucho. Mentiría si dijese que estudié algo. Estaba demasiado alterada. De repente, todo el mundo a mi alrededor parecía increíblemente interesado por mí… y por mi cuerpo desnudo. Susan, Miss Rose, Peter… y lo que era más increíble: ¡Henry, el inalcanzable y deseado Henry!

No podía creerlo, el chico más popular del campus me había pedido una cita a mí, a la hasta hace poco discreta y poco llamativa española que, de repente, se había convertido en algo tan atrayente y especial como una estrella de cine. Sin poderlo remediar, me tumbé en la cama de mi habitación. Sabía lo que iba a suceder a continuación, no en vano en los tres últimos días me había masturbado más veces que en los tres meses anteriores.

Nunca me ha gustado excesivamente recurrir al placer solitario, me ha parecido siempre un poquito triste y aburrido. Pero las emociones de los últimos días habían despertado en mí una voluptuosidad que desconocía poseer. Mi cuerpo desnudo me parecía más sensible al tacto, más ardiente que nunca, y desde que había empezado aquella locura no podía evitar acariciarme siempre que tenía ocasión.

Uno de los problemas de compartir habitación es la falta de intimidad. Con Mary todo el día a mi lado, los únicos momentos propicios para mi desahogo habían sido en la ducha comunitaria, de pie y aceleradamente, siempre temiendo ser sorprendida por alguna estudiante inoportuna.

Aquella tarde, por primera vez desde que había iniciado mi experimento nudista, estaba sola en mi habitación. Mary no volvería hasta la noche y, en cuanto a Silvie, a saber por dónde andaba. Con un placentero sentimiento de intimidad, me acomodé en mi cama, ronroneando como una gata en celo ¡era tan cómodo abrir allí las piernas y acariciar mi inflamado sexo!

Con una mano acariciaba mis pechos mientras recordaba cómo los había mirado aquella misma mañana Miss Rose, y cómo los había rozado levemente al despedirme en la puerta de su despacho. En mi imaginación, la mano de mi profesora de psicología volvía ahora a tocar mi piel desnuda, mientras su voz me repetía melosa "una chica hermosa, con unos senos llenos y jóvenes".

Luego, recordé el cachete que me había dado Susan "tienes el culo tan redondo…" Mis manos se dirigían a mi sexo, que anhelaba ser llenado sin demoras. En mi mente, primero el profesor Spencer y luego Henry me hablaban serios, guapos y educados. Ah…, ser poseída por cualquiera de ellos, o por ambos a la vez… ¿por qué no? Era mi fantasía…

Mis dedos se adentraban más y más en mi vagina nerviosa, el placer empezaba a llevarme a un reino que últimamente visitaba con mayor frecuencia de la habitual. ¡Dios, qué agradable era masturbarse lenta y reposadamente mientras me imaginaba desnuda entre mis amigos! Peter me miraba avergonzado, Michael y Hans brincaban excitados, Henry… a Henry le reservaba un papel protagonista, me moría de ganas de ser penetrada por él, yo desnuda y él con esos pantalones que tan bien le sentaban.

En ese momento, la puerta de la habitación se abrió y Silvie entró como un torbellino, dándome a duras penas tiempo para esconder a mi espalda la mano que podía delatar mis actividades.

-Ah, estás aquí –me dijo mirándome fijamente- te estaba buscando.

-A… a mí –todavía tenía la respiración agitada y el pulso acelerado.

-¡Qué colorada estás!, ¿qué estabas haciendo?

-Me… me había quedado dormida –mentí mientras procuraba limpiarme la mano culpable entre mis sábanas recién lavadas.

Odio ser interrumpida en mitad de un orgasmo, es una de las sensaciones más frustrantes que conozco ¿qué querría aquella odiosa muchacha? Por un momento tuve la esperanza de que simplemente hubiese aparecido para recoger algo y marcharse luego a toda prisa, dejándome así libre para terminar lo que tan bien había empezado.

-Tengo pista para ese partido de tenis que tenemos pendiente, ¿te animas?

Apenas podía creerlo. En alguna ocasión Silvie había comentado que era una excelente jugadora de tenis (siempre tan modesta) y yo había cometido el error de decirle que no me defiendo mal con la raqueta. Como quien no quiere la cosa, habíamos comentado la posibilidad de medir nuestras fuerzas en las canchas del campus, pero ninguna de las dos había demostrado demasiado interés por llevarlo a efecto. Ahora, sin embargo, mi enemiga parecía súbitamente dispuesta a jugar ese partido.

-¿Ahora? –pregunté entre incrédula y asustada.

-¿Por qué no? Me ha costado mucho reservar la hora, sabes que la pista está pilladísima.

-Pero… pero…

-¿Algún problema? Hoy no tienes clase por la tarde, Mary no está… creo que es el día perfecto.

Aunque Silvie tenía una expresión de fingida inocencia, no se me escapaba su jugada: quería obligarme a jugar un partido contra ella ¡desnuda! Estaba segura de que su único interés era ponerme a prueba, conseguir que me rindiera, verme asustada y acobardada. A esas alturas, probablemente alguien le hubiese comentado que Henry y yo… Si Silvie pensaba que iba a conseguir quitarme de en medio es que no me conocía.

-De acuerdo –contesté procurando parecer tranquila- juguemos ese partido.

-Estupendo, dame un instante que me cambio y vamos allá.

No sé si os he contado que Silvie ocupaba por sí sola uno de los dos armarios de nuestra habitación, dejándonos a Mary y a mí que nos apañáramos con el otro como buenamente pudiésemos. Canturreando maliciosamente, la joven sacó un precioso uniforme blanco de camiseta y pantalón corto que se puso ante mí mientras me comentaba una vez más lo buena jugadora que era y la paliza que iba a propinarme.

Mientras ella se vestía como una Sharapova de portada de revista, yo me puse mis zapatillitas blancas… y nada más.

-¿Vas a jugar desnuda? –me preguntó Silvie sin poder disimular su sorpresa.

-Claro –respondí con toda la valentía de la que fui capaz- no puedo interrumpir el experimento.

Por primera vez, me pareció que mi enemiga dudaba, inquieta por encontrar un oponente más peligroso de lo que había supuesto. Estaba segura de que se moría de ganas de verme renunciar a mi decisión de permanecer un mes en cueros por el campus.

-No sé –contestó- tienes mucho pecho, tal vez sea un poco incómodo para jugar, y no quisiera que te sirviera de excusa.

-No te preocupes por eso –contesté desafiante- si me ganas, prometo no buscar subterfugios.

Así que, las dos juntas, salimos de la habitación y nos dirigimos a la cancha de tenis, situada en la otra punta del campus. Después de tres días completamente desnuda, incluso mis breves zapatillas me resultaban un poco molestas, pero no podía prescindir de ellas si quería correr y poner resistencia a Silvie.

Ninguna de las dos habló demasiado por el camino, al fin y al cabo, éramos enemigas, y las dos sabíamos que aquello era cualquier cosa menos un partido amistoso. Aún un poco agitada por mi interrumpido orgasmo, experimenté un innegable alivio cuando llegamos a la cancha y la encontramos completamente vacía. Todavía hacía mucho calor y, aparte de nosotras dos, no se veía a nadie por los alrededores.

-He traído un par de toallas y una gorra para cada una, pega mucho el sol –anunció Silvie con deportividad.

Con el corazón latiéndome acelerado, me recogí el pelo en una cola de caballo y me puse la gorrita que Silvie me ofrecía. Luego, dejé mi toalla en el suelo, en un rincón de mi lado de la pista, y me dispuse a pelotear un poco contra mi rival.

El tenis siempre me ha gustado mucho y, aunque nunca había recibido clases, en Madrid había jugado muchas veces con amigas y amigos, por lo que no era desde luego una principiante. Además, soy ágil, resistente, y tengo un gran espíritu competitivo. Si Silvie esperaba una rival fácil y entregada, pronto iba a descubrir que se equivocaba de cabo a rabo.

Sólo una cosa me inquietaba durante el tiempo que estuvimos peloteando. No sabría decir en qué momento, pero dos chicos habían aparecido de no se sabía dónde y, muy interesados por nuestro peloteo, se habían sentado en las pequeñas gradas que rodeaban la cancha de tenis. Tal vez eran los que habían reservado la hora siguiente, pensé intentando olvidarme de su presencia.

-Bueno –me dijo Silvie entonces- ¿qué te parece si empezamos?

-Claro –contesté apretando los labios.

-Al mejor de tres sets, ¿qué nos jugamos?

-Vaya, ¿hay que jugarse algo?

-Bueno… si no te atreves…

En ese momento, los chicos que nos estaban mirando intervinieron.

-¿Vais a jugar un partido en serio?

-Por supuesto –respondió Silvie desafiante.

-Esto no me lo pierdo –dijo uno mientras sacaba el móvil y hacía una llamada, cosa que no me gustó ni mucho ni poco.

-Yo puedo ser vuestro juez de silla –apuntó el otro- prometo ser totalmente imparcial, aunque todos sabemos con quién está mi corazón…

Al decir esto último me dirigió una mirada que no ofrecía lugar a dudas, mientras yo empezaba a lamentar no haber puesto cualquier excusa ante Silvie ¿qué demonios tenía que demostrarle a ella? En ese momento, bien podía estar acariciando mi sexo en la soledad de mi habitación en lugar de… de mostrarlo abiertamente a todo aquel que quisiese acercarse a ver el partido.

Porque de repente otros tres o cuatro chicos habían aparecido y se habían acomodado en las gradas. Normalmente, nadie acudía a ver los penosos partidos que se jugaban en aquella cancha, pero alguien había tenido la feliz idea de poner un graderío en el que fácilmente podrían caber 100 o 150 personas. Un sudor frío me dijo que probablemente aquel día la cancha del campus iba a vivir una de sus tardes más sonadas.

Pero ya no había marcha atrás, sólo me quedaba seguir adelante, jugar lo mejor posible y… satisfacer a mi público. Porque pronto quedó patente que, contrariamente a lo que era habitual estando Silvie presente, era yo la favorita de los espectadores que empezaban a cubrir las gradas en número creciente.

Estábamos ya a punto de empezar cuando mi enemiga se acercó a mí, hablando de modo que nadie pudiese oírnos.

-Si quieres, podemos dejarlo…

-Ni lo sueñes, ¿tienes miedo? –contesté lamentando al instante mi osadía.

-¿Qué quieres que nos juguemos? –fue su indignada respuesta.

-Pues… no sé… no tengo dinero.

-No es dinero lo que quiero –contestó ella.

A todo esto, no menos de 30 chicos y chicas se habían sentado y nos gritaban para que empezásemos. Entonces, un súbito pensamiento atravesó mi mente y supe qué quería de Silvie si yo ganaba el partido.

-Está bien –le dije en un susurro- si gano, te olvidas de Henry, ¿de acuerdo?

-De acuerdo –contestó ella tan deprisa que tuve la sensación de haber pedido algo que ya tenía ganado de antemano- pero si gano yo…

-¿Qué?

-Si gano yo… te depilarás… completamente.

Al decir esto, Silvie se dio la media vuelta y se dirigió a su lado de la pista. Quise contestar algo, protestar por aquel trato que en aquel momento ni siquiera comprendía muy bien, pero el rugido de los espectadores ante el inicio del choque me hizo olvidarme de todo y concentrarme en el juego.

El sorteo quiso que Silvie empezara a sacar. Frente a mí, estaba hermosa, con su polo blanco ceñido y sus pantaloncitos cortos que dejaban ver unas piernas perfectamente torneadas. Sin embargo, fui plenamente consciente de que el público, no menos ya de 50 personas de ambos sexos, me miraba mayoritariamente a mí.

Y es que al otro lado de la pista estaba yo, completamente desnuda a excepción de mi gorrita para el sol y mis bonitas zapatillas blancas.

***

Los primeros juegos fueron un martirio para mí. Silvie me lanzaba las bolas con un efecto extrañísimo que me veía incapaz de devolver. Imperturbable, el improvisado juez de silla cantaba punto tras punto a su favor, 15-0, 30-0, 40-0… Entre el público, un runrún de expectación se levantaba cada vez que yo corría hacia una pelota, mis generosos pechos moviéndose como grandes y jugosos flanes enloquecidos. Era evidente que el público estaba a mi favor… aunque también era evidente que el resultado era lo de menos para ellos.

Estaba perdiendo 3-0 el primer set y sacaba yo cuando mis amigos aparecieron.

-¡Ánimo Ana! –me gritaron Susan y Michael dando saltos a escasos metros de donde yo estaba.

A su lado, Peter, Helen y Hans daban palmas y trataban de animarme. Sólo me hubiera faltado ver aparecer a Henry para terminar de ponerme más nerviosa. Mientras cambiábamos de cancha, los piropos y palabras de ánimo se recrudecieron.

-¡Guapa!

-¡Si pierdes yo te consuelo, preciosa!

-No les hagas caso –me susurró Susan acercándose a mí.

-Es que… se me mueven tanto los pechos… me da un poco de vergüenza…

-¡A estas alturas vergüenza! –se rió mi amiga- No seas tonta, estás preciosa… me están dando ganas de darte otro azote.

-Señorita… -me riñó divertido el juez de silla- es su turno para sacar.

Un poco más reconfortada por la presencia de mis amigos, puse toda la carne en el asador en aquel juego. Mi técnica no era tan depurada como la de Silvie, pero mis golpes eran más fuertes y contundentes. Poco a poco, conseguí ganar algún que otro punto, y cuando me anoté mi primer juego la grada estalló en aplausos y gritos de ánimo hacia mí.

No sé cuánta gente habría allí, viendo un partido de tenis surrealista entre dos enemigas irreconciliables, una de la cuales jugaba tal como su madre la trajo al mundo. Sí sé que, a pesar de que el primer set cayó del lado de Silvie por 6-2, mi oponente no parecía muy feliz al otro lado de la pista, como si de repente ella misma fuese consciente de que estaba ganando una batalla, pero perdiendo una guerra. La guerra de la popularidad en Hogescholl.

El segundo set empezó un poco más igualado, y por un momento pensé que tal vez podría ganar aquel partido. El público, mayoritariamente masculino, estaba mucho más interesado en mí que en el juego, pero jaleaba mis aciertos y lamentaba mis errores. Era evidente que, aunque el resultado final no les importase mucho, en una cosa sí estaban de acuerdo: querían que aquel partido durase el mayor tiempo posible.

En ocasiones, el rugido del público se redoblaba. En especial cuando, ajena por completo a mi desnudez y concentrada para intentar devolver las envenenadas pelotas de Silvie, corría tanto como podía y hacía brincar mis senos trémulos y jóvenes. O cuando, para recoger una pelota, me inclinaba sin darme cuenta ofreciendo una generosa vista de mis posaderas redondas y respingonas. Pero sin duda los momentos más tensos se vivían cuando yo, sudorosa por el calor del sol y los esfuerzos del juego, me secaba los brazos, los muslos… y mis húmedos pechos con la toalla de Silvie.

-¡Yo te seco cariño! –gritaba alguien entonces en la grada.

-¡Esto es una mujer, por dios qué belleza!

Las risas nerviosas se extendían por las gradas mientras yo me sentía… como una reina. No sabía lo que me pasaba, ¿cómo podía exhibirme así, como una…? Una parte de mí se avergonzaba pero, por otro lado, era tan excitante, tan agradable ser la única chica desnuda del campus, dejar que todos me mirasen y se deleitasen con la visión de mi cuerpo frágil y expuesto…

Apenas dos horas antes Silvie me había interrumpido en una placentera sesión de sexo solitario. Ahora, sin embargo… me sentía plenamente recompensada. Allí desnuda sobre la pista, con decenas de ojos pendientes de mí, derrotando en sus corazones a la pérfida Silvie… me notaba tan excitada que a veces temía que mi estado fuese obvio para todos.

Sin embargo, yo seguía corriendo hasta el último aliento, tratando de poner las cosas difíciles a Silvie. Si me ganaba, que fuese sufriendo. Además, y al igual que el público que aplaudía a rabiar cada punto mío, yo deseaba que aquel partido no terminase nunca.

Creo que estábamos empatadas a 6 en el segundo set cuando vi a Henry en las gradas. No sé cómo describir lo que sentí, fue una conmoción, un desmayo interior… una punzada deliciosa en mi sexo ¡Henry me miraba a mí! No cabía duda, sus miradas eran todas para mí, para mis senos en movimiento, para mis nalgas redonditas y tan femeninas con su poquito de celulitis. Silvie podía ganarme el partido y la apuesta, pero Henry sería mío.

Estábamos en el tie break. Animada por la sensación de triunfo que me infundía el público, estaba decidida a dar el todo por el todo. Silvie golpeaba con energía redoblada, tal vez un tercer set fuese demasiado para ella, fina y elegante pero menos resistente que yo. Era mi momento, tenía que forzar el desempate. Las bolas de mi enemiga eran largas y profundas, tenía que correr, correr…

Entonces fue cuando me caí. No sé muy bien cómo sucedió todo. Sé que corrí como una loca, mis pechos golpeando con violencia a un lado y a otro, sé que di varios pasos descontrolada antes de caer rodando por la pista ante el murmullo excitado y preocupado de los espectadores. Lo siguiente que recuerdo es estar en el suelo, con el culo dolorido por la costalada y mi rodilla izquierda totalmente despellejada.

Y luego, Henry. Anticipándose a todos, a Susan, a Helen, a Michael y Hans que se arremolinaban a mi alrededor, Henry se situó a mi lado y me acarició la rodilla suavemente.

-Pobrecita, te has hecho una buena herida, ¿duele mucho?

-No… no…, estoy bien.

-Sale un poquito de sangre, espera.

Entonces, Henry sacó su pañuelo y me limpió la herida con dulzura, como si yo fuese un pajarito con un ala rota. Sentir sus dedos en mi magullada rodilla me hizo revolverme inquieta y excitada. Asustada ante las reacciones de mi propio cuerpo, me mordí nerviosa el labio, si el leve roce de sus dedos en mi pierna me producía tal desasosiego, ¿qué pasaría si Henry y yo finalmente…?

Afortunadamente, la sangre había dejado de brotar por la pequeña herida. Henry me tomó por las manos y me ayudó a levantarme.

-¿Puedes seguir?

-Claro, por supuesto.

-No pasa nada –anunció Susan al público que temía que el partido terminase inconcluso.

Una atronadora ovación acompañó mi regreso a la pista. No creo que ni Navratilova ni ninguna otra tenista haya tenido nunca unos seguidores tan entusiastas como los que yo tuve ese día.

Sintiéndome una estrella de cine adorada por sus fans, reanudé el juego. Frente a mí, Silvie parecía seria, enojada por no ser ella el foco de atención. Ya sé que en las películas siempre ganan los buenos, que sacan fuerzas de flaqueza y terminan imponiéndose a rivales mucho más habilidosos. Siento desilusionaros pero, aunque luché y corrí todo lo que pude, perdí aquel partido, 6-2 y 7-6.

No obstante, como ya he dicho, perdí el partido pero no la guerra. Apenas acabó el último punto, Michael y Hans vinieron corriendo hacia mí y, agarrándome sin ningún miramiento, me subieron sobre sus hombros, mientras una multitud de chicos y chicas se arremolinaba a mi alrededor coreando mi nombre.

-¡Ana, Ana, Ana…!

-Bajadme, bajadme, me vais a tirar –gritaba yo entre divertida y asustada.

-Ni hablar –reían Michael y Hans- ahora vamos a mantearte.

Entonces, me vi lanzada al aire por numerosas manos que me recogían de nuevo en cada caída para hacerme salir despedida cada vez más alto. Era increíble, alucinante, indescriptible. Era como mecerse desnuda entre las olas del mar, sólo que esta vez eran las manos de mis amigos y fans las que me recogían, tocando golosas mi piel expuesta y deseosa de caricias. A pesar de lo agitado de la situación, pude ver que Peter no estaba entre los que me manteaban, y que Henry me miraba desde la gradas, hermoso y seguro de sí, como un héroe que sabe que, tarde o temprano, obtendrá su recompensa.

A la que no vi por ningún sitio fue a Silvie. Era la vencedora del partido y de la apuesta, pero había desaparecido sin dejar rastro.

No sé cuánto tiempo pasé entre la multitud de manos que se acercaba para sostenerme en la caída o lanzarme de nuevo al vacío, pero fue una experiencia asombrosa, única e irrepetible. Mientras subía y bajaba desnuda en aquella cálida tarde de verano, deseaba que aquel mes que acababa de empezar no terminase nunca.

***

Al día siguiente me levanté muy agitada, el recuerdo de la tarde anterior y de lo que pasó con Silvie al volver a la habitación hacía que me sintiese especialmente alterada.

-¿Pero, cómo has hecho esto? –decía Mary mirándome fijamente- Te dejo sola un día y mira…

-Ya lo sé –respondí avergonzada.

No podía creerlo. Durante la noche había rezado para que fuese un sueño y que al despertar todo volviese a ser como antes, pero la mañana había llegado y aquello seguía siendo algo plenamente real.

-No sé cómo voy a poder ir hoy a clase –comenté lastimosa mientras miraba hacia abajo, hacia mi pubis completamente depilado- me siento tan… tan desnuda.

-Esa maldita Silvie –dijo Mary- a quién se le ocurre aceptar su apuesta, ¿en qué estabas pensando?

Y lo peor no era tener que pasearme por el campus con el sexo afeitado por completo. Lo peor era que, aquel día, lo primero que tenía que hacer era pasar por el despacho del profesor Spencer.

Así que allí estábamos Mary y yo, de pie en medio de la habitación mientras ambas mirábamos espantadas mi sexo, más desnudo y vulnerable que nunca.

-¿Cómo te dejaste engatusar de ese modo por Silvie? –repetía una y otra vez Mary, casi como una madre desesperada por la inconsciencia de sus hijos.

La verdad es que incluso a mí me parecía que aquello había ido demasiado lejos. Si ya ir desnuda de un sitio para otro era algo increíblemente descabellado, exhibir mi pubis afeitado rozaba el límite de lo pornográfico ¡cómo se veían mis labios! Parecían estar pidiendo a gritos ser admirados… acariciados.

En ese momento, Silvie volvió de su ducha matutina y se quedó mirándome sonriente.

-¿Qué tal, cómo te ves?

-Esto es… -Mary apenas podía contener su indignación- ¿cómo has podido obligarla a hacerlo?

-Una apuesta es una apuesta querida –contestó Silvie con arrogancia- y nadie la obligó a aceptarla.

En eso tenía razón mi enemiga. Nadie me había obligado a jugar aquel partido, ni a desnudarme para el experimento, ni a depilar mi pubis ardiente. Sin embargo, yo había hecho todas esas cosas y, si tenía que ser sincera, no me arrepentía de nada. En efecto, el recuerdo de las cálidas manos de Silvie depilando mis partes íntimas mientras yo me abría de piernas con fingido rubor era algo que me acompañaría toda la vida ¡qué dulce y morboso había sido estar así ante ella, tan expuesta y vulnerable!

-Puedes dejarlo ya –oí que me decía Mary- llevas cuatro días en cueros, tienes suficientes datos para tu trabajo de sociología.

-Claro –terció Silvie- siempre puedes rendirte. La verdad es que has llegado ya mucho más lejos de lo que yo nunca creí posible.

-De ninguna manera –contesté de inmediato- dije que estaría un mes así y voy a cumplirlo.

Mis dos compañeras de habitación me miraron sorprendidas. Supongo que pensaban que yo era increíblemente testaruda, o que no estaba dispuesta a verme derrotada por las malas artes de Silvie. Espero que no sospecharan la realidad. Aunque me moría de vergüenza ante la idea de desfilar por el campus de tan atrevida manera, no podía ocultarme la verdad a mí misma: estaba excitadísima con el nuevo aspecto de mi sexo, aquello era traspasar la última frontera del exhibicionismo, y me encantaba.

***

Diez minutos después, caminaba junto a Mary por el pasillo de la facultad, en dirección al comedor. Pocas veces me había sentido tan excitada en mi vida. Si ya era habitual que todo el mundo me mirase con caras nerviosas en las que yo podía leer el deseo, aquel día todo se multiplicó. Las miradas iban derechas a mi sexo, sorprendidas y satisfechas, y yo casi podía sentir cómo todos aquellos ojos me acariciaban entre las piernas, hasta tal punto que me era realmente difícil caminar sin demostrar mi alterado estado de ánimo.

-¡Vaya cambio de look! –me dijo Susan abriendo los ojos desmesuradamente apenas me vio- me encanta, te queda genial.

-Cualquiera diría que he cambiado de peinado en la peluquería –respondí nerviosa.

-Chica, esto es como cambiar de peinado, efectivamente –rió Susan, con mucho la más desenvuelta de mis amigas.

-Desde luego –comentó Helen- eres una caja de sorpresas chica. ¿No te parece un poco… excesivo?

-No es para tanto –dijo Susan- yo también voy depilada, me parece muy sexy y a los chicos les encanta.

-Pero hay una diferencia –la regañó Mary- tú no vas desnuda a clase.

-Vamos a ver qué les parece a los chicos –rió Susan- ¡Michael, Hans! Venid a ver a Ana.

Aunque yo fingía rubor y apuro, jamás olvidaré el eléctrico momento en el que los dos muchachos, a los que pronto se unió Peter, se acercaron a mí para echar una miradita a mi nuevo aspecto ¡qué embriagadora sensación de abandono! Las piernas parecían negarse a sostenerme, mi corazón latía alocado y mi piel se erizaba pero… ¡qué maravillosa me parecía la vida!

-¡Joooooo –aulló Hans- esto es increíbleeee!

-Estás impresionante –corroboró Michael.

-¿Y tú? –preguntó a Peter Susan, maliciosa- no dices nada, ¿no te gusta?

-Es… -el pobre muchacho parecía próximo al infarto, y por primera vez aquella mañana me sentí realmente cohibida- estás muy guapa Ana.

-Bueno –nos interrumpió juiciosa Mary- me parece que ya está bien, ¿podéis dejar en paz el pubis de Ana? Tienes una cita con el profesor Spencer ¿recuerdas?

¡El profesor Spencer! Con tanto jaleo, lo había olvidado. Sólo con pensar en mi apuesto profesor, tan educado y elegante, tan serio en nuestras entrevistas, noté un delicioso estremecimiento que recorrió todo mi cuerpo de arriba abajo ¡qué ganas tenía de que me viese sin pelo ahí abajo, me sentía tan sexy y femenina!

Acompañada por Mary, caminé hacia el despacho de mi profesor favorito mientras sentía las miradas risueñas de los estudiantes, que comentaban entre sí a mis espaldas el nuevo estilo que le había dado a mi desnudo. Hubiera apostado a que mi nueva imagen había tenido mucho éxito.

***

Varios sentimientos contradictorios me asaltaron cuando Mr. Spencer abrió la puerta de su despacho y me hizo pasar.

En primer lugar, tuve una satisfacción tan grande que por un instante temí correrme allí mismo, de pie y delante de mi atento profesor. Y es que su mirada, siempre un poco huidiza, se encontró de repente con mi sexo, tan a la vista, tan descaradamente ofrecido, y la expresión de su cara fue como una reconfortante copa de vino bajando por mi cuerpo. Hay miradas que no engañan y así, sin más, supe que el profesor Spencer me deseaba, que mi cuerpo le desarmaba por completo, y supe también que sus modales correctos y educados eran tan sólo la armadura con la que trataba de protegerse en aquella alocada situación.

Hasta ahí, todo perfecto, aunque peligroso. Pero luego, al subidón que me había provocado la expresión anonadada de Mr. Spencer siguió una tremenda decepción: había alguien más en el despacho. Se trataba de un hombrecillo de avanzada edad, bastante entrado en carnes y con aspecto risueño. Apenas le vi, mis nervios se pusieron en alerta, al fin y al cabo, yo entraba desnuda como si tal cosa, si alguien me hubiera dicho que haría algo así cuando me concedieron la beca, le habría llamado loco sin dudarlo.

-Ana, éste es Mr. Owen, el decano de nuestra facultad.

-Así que tú eres la jovencita que ha puesto patas arriba nuestra querida universidad –comentó el abuelete mientras se dirigía hacia mí y me estrechaba la mano, sin recatarse demasiado a la hora de mirar lo que tenía delante- vaya… ¡eres una auténtica belleza!

-El decano tenía muchas ganas de conocerte, así que…

-Ana –interrumpió Mr. Owen, que parecía mucho más interesado en mí que en lo que Mr. Spencer tuviera que decir- cuando me comentaron en qué consistía tu experimento, pensé que era una soberana estupidez.

-Vaya… -no sabía qué decir. El decano había terminado de examinar mis pechos y procedía sin disimulo a apreciar mi sexo, mientras yo notaba cómo mi rostro iba pasando por todas las tonalidades que van del blanco al rojo más intenso.

-¿Es la moda ahora depilarse el sexo? –preguntó el decano mirándome fijamente- Nunca entenderé a los jóvenes. Pero… la verdad es que queda bien…

-Ejem –carraspeó Mr. Spencer- yo creo que el experimento de Ana…

-¿Puedes darte la vuelta jovencita? –me preguntó el decano sin ningún apuro.

Obediente, tan asustada y sorprendida que no sabía cómo reaccionar, giré sobre mí misma y permití que Mr. Owen calibrase a sus anchas el contorno, consistencia y plasticidad de mis nalgas.

-Magnífico, magnífico –comentó el decano saboreando cada palabra- jovencita, tu experimento me sigue pareciendo ridículo… pero la puesta en escena es tan maravillosa, que no tengo por menos que felicitarte ¡ojalá en mis tiempos esto hubiera sido posible!

-Verá, Mr. Owen –trató de argumentar mi profesor- lo que Ana trata de estudiar…

-Pamplinas. Esta deliciosa muchacha se pasea en cueros por el campus. Me parece genial, podemos quedar como una universidad moderna y pionera. Pero el resultado está claro, se lo digo yo sin necesidad de experimentos: me apuesto mi viejo cuello a que ni uno solo de sus compañeros varones ha abierto un libro desde que empezó todo.

-Pero…

-No hay peros que valgan. De cualquier modo… Ana, hoy he rejuvenecido diez años gracias a ti. Espero que no le prives a un pobre viejo del placer de volver a verte antes de terminar tu experimento. Verte desnuda, quiero decir.

-¡Mr. Owen!

-No me sea tan formal Spencer –le reprendió serio el decano- a mi edad, uno dice lo que le viene en gana, hasta ahí podíamos llegar. Ahora, mi encantadora señorita, tengo que irme, y mira que me fastidia. Pero antes… ¿podría sacarme una foto junto a esta belleza profesor?

Ante mi asombro, Mr. Owen sacó del bolsillo una cámara de fotos y, sonriente y feliz, se puso a mi lado tomándome de la cintura.

-Te prometo que no enseñaré a nadie esta foto jovencita, y que la usaré sólo con fines honestos… a mi edad ya quisiera yo poder no ser honesto.

Tan asustado que casi daban ganas de reír, Mr. Spencer apuntó y nos disparó una foto, mientras el decano acariciaba mi cadera desnuda sin ningún tipo de disimulo.

-Magnífico, magnífico –me liberó finalmente de su abrazo Mr. Owen- lo dicho, espero volver a verte Ana, y que me comentes los resultados de tu interesantísimo estudio.

A pesar del tono claramente irónico y fanfarrón de su última frase, no pude evitar pensar que el decano era un vejete francamente divertido. Pero de repente algo hizo que mis nervios se pusiesen nuevamente en tensión: Mr. Owen se había ido y, por fin, el profesor Spencer y yo estábamos a solas en el despacho.

***

Un tenso silencio siguió a la salida de Mr. Owen. De repente, sentí como si las palabras del decano hubiesen puesto sobre la mesa un aspecto de mi experimento que ni Mr. Spencer ni el resto de profesores se atrevía nunca a mencionar: el carácter marcadamente sexual y erótico de mi estudio. Al fin y al cabo, una mujer joven y hermosa contoneándose desnuda entre la gente, ¿no era lógico que alterase la libido de los más fríos espectadores?

En ese preciso instante, el mismísimo profesor Spencer, tan serio y correcto ¿no estaba acaso pendiente única y exclusivamente de mis pechos, tratando de no fijarse en ellos demasiado notoriamente? ¿no era acaso mi sexo desnudo y vulnerable el objeto de sus más íntimos e inconfesables pensamientos? Su mirada huidiza y sus manos temblorosas me confirmaban que era así.

Y yo misma, ¿no ardía en deseos de ser acariciada por él, de ser dulcemente penetrada por aquel hombre culto y brillante? Era curioso, sentirme a la vez tan atraída por un cuarentón todavía interesante y por un jovenzuelo descerebrado como Henry. Pero no podía evitarlo, no podía… ni quería. Cada vez notaba más intensamente que las barreras sociales desaparecían, que la llamada del deseo se imponía a mi voluntad, que me abandonaba anhelante de un placer infinito. De repente, pensé que ese renacer del sexo salvaje estaba íntimamente relacionado con mi estudio. Tal vez, mi experimento no era tan absurdo. Después de todo, podría enfocarlo de otro modo, convertirlo en un ejemplo de cómo el sexo sigue siendo el motor de nuestra sociedad, por mucho que intentemos ocultarlo.

-Bueno –dije rompiendo el silencio- Mr. Owen es una persona muy peculiar.

-Te ruego que le disculpes Ana, es muy mayor ya, pero de ningún modo él ha querido…

-No se preocupe, no me ha molestado. Además, creo que tiene razón en muchas cosas.

-¿De… de veras? –mi profesor tragó saliva, abrumado.

-Es absurdo negar que hay un fuerte componente sexual en mi estudio, yo lo noto continuamente… ¿usted no lo nota?

Sé que fui muy mala al hacer aquello, pero ya no podía contenerme. Estábamos los dos de pie, tan cerca que casi podíamos tocarnos, él con su traje tan elegante, con aquella corbata tan fea pero que a él le hacía tan irresistiblemente tierno y atractivo. Yo, como siempre, desnuda como una venus recién salida del mar. Sabía que Mr. Spencer por sí solo jamás sería capaz de tomar la iniciativa, pero al mismo tiempo leía en sus ojos la pasión que mi cercanía le producía, ese desasosiego íntimo que últimamente yo conocía tan bien.

-Pues… pues… bueno, es algo extraño, es cierto –carraspeó él asustado, y eso me excitó más todavía.

-¿Puedo hablar con usted en confianza? –pregunté en un tono de niña buena que a mí misma me escandalizó- necesito hablar de esto con alguien, y usted siempre ha sido mi profesor favorito…

-Claro… claro Ana, dime qué te preocupa… tal vez sería mejor si nos sentamos…

Pero yo no quería que nos sentásemos. Necesitaba estar cerca de él, de sus manos maduras y perfectamente cuidadas. Estaba segura de que su tacto sería suave y embriagador. Interponiéndome entre él y la silla de su despacho, le tomé por la manga del traje y me situé cerca, muy cerquita.

-Verá profesor, el caso es que… desde que empecé con esto…

-¿Sí?

-No puedo evitar… sentirme… especialmente sensible. Supongo que es producto de una situación tan extraña, pero lo cierto es que…

Juro que nunca en mi vida había hecho algo así, jamás había tomado la iniciativa de un modo tan descarado, ¡y menos con un profesor! En mi descargo diré que corretear en cueros por la vida era para mí como una droga a la que no podía resistirme. Mis nervios ya no aguantaban más, necesitaba sexo, quería un orgasmo, y el profesor Spencer me parecía en aquel momento la persona más sensual del mundo.

-Bueno… -dijo él intentando separarse de mí, cosa que no le permití hacer- comprendo que tu situación es… especial, pero…

-¿Y usted, profesor Spencer? –susurré de un modo que la propia Silvie hubiera firmado- ¿no se siente ni un poquito nervioso a mi lado?

-¿Yo?, claro, ¡no!, digo… pues…

Aquello era un acoso en toda regla, y casi me daba pena lo mala que estaba siendo con él, pero ¡necesitaba tanto desahogarme! Desde el interrumpido orgasmo de la tarde anterior, la inquietud de mi cuerpo crecía constantemente y sólo había una manera de solucionarlo.

-Dígame, profe –dije pegando mi cuerpo más al suyo- ¿no ha tenido nunca deseos de… besarme?

-¡Pero! ¿qué estás… diciendo? Yo…

Sin darle tiempo a reaccionar, pasé mis brazos por su cuello y me puse de puntillas ofreciéndole mis labios. Estaba como en una nube, incapaz de detenerme, tal vez al día siguiente me avergonzase de mis actos, pero una fuerza irresistible me empujaba y no podía, no quería desobedecerla. Además, el profesor era tan alto, tan guapo, tan atractivo... me encantaba estar allí desnuda para él, con mis pechos rozando ya la impecable chaqueta de su traje.

-Por favor –supliqué ante su parálisis- sea bueno conmigo profesor, ¿no quiere besarme?

Al fin, el hombre que había debajo del profesor educado e intachable surgió. Rodeándome con sus brazos, Mr. Spencer me atrajo hacia sí y me besó, suavemente primero, con pasión y desenfreno después. Su lengua entró en mi boca y yo la recibí gustosa, permitiendo que recorriese con ella cada centímetro de mi dentadura, enredándose con la mía e intercambiando nuestras cálidas salivas.

Pero mi amado profesor resultó ser más tierno e inocente de lo que cabría esperar, lo que me hacía sentirme incluso más atraída por él. Rígido como una estatua, apenas se atrevía a tocarme, y tuve que ser yo la que, sin soltarme de su ardiente beso, le tomase las manos y le obligase a ponerlas sobre mis desnudas nalgas.

-¡Oh profesor! –gemí desconsolada- por favor, por favor…

Tímidamente, Mr. Spencer empezó a jugar con mis generosos glúteos, hundiendo allí sus largos y delicados dedos. Jamás me había sentido tan increíblemente excitada, de pie y desnuda, siendo abrazada por un maduro resultón que tal vez tenía edad para ser mi padre… pero no lo era.

Sin dejar de besarnos, sentí cómo el profesor enterraba su índice entre mis redondas nalgas, lo suficientemente carnosas como para que Mr. Spencer pudiese jugar a su antojo, sin temor a quedar defraudado. Pegada a él como una lapa, mis pezones se pusieron como piedras al rozar la chaqueta de su traje, mientras mis manos le rodeaban por la cintura y yo trataba de restregar mi pubis contra su cuerpo. Necesitaba ser tomada allí por él en ese mismo instante, y mis gemidos me sorprendían incluso a mí misma.

Creía oír una música ardiente y notaba cada fibra de mi ser dispuesta al más dulce abandono cuando, como en una pesadilla, oí la voz vacilante de mi profesor.

-Esto…, esto no puede ser Ana… soy tu profesor…

-No se preocupe por eso –supliqué abrazándome a su cuello- ¡quiero hacerlo con usted!

-No… no puede ser Ana, esto está mal… muy mal.

Las manos de Mr. Spencer soltaron mis glúteos, dejándome con una indescriptible sensación de derrota. Mi profesor había dado un paso atrás, con una increíble expresión de espanto dibujada en su cara. Yo no sabía cómo me sentía, humillada, ridícula… pero, sobre todo, inmensamente frustrada ¡se habían puesto todos de acuerdo para impedirme gozar del sexo como dios manda! Si el día anterior Silvie me había fastidiado con su aparición sorpresiva, lo de Mr. Spencer era ya el colmo. No recordaba haber estado tan húmeda en mi vida, presentía que habría tenido un orgasmo brutal, incluso seguía jadeando sin poderlo evitar minutos después de que mi profesor se hubiera apartado de mí.

-Entiéndeme Ana –trataba él de explicarse- me gustas mucho, muchísimo. Pero soy tu profesor, esto no está bien.

Un nuevo sentimiento se fue abriendo camino en mi pecho mientras escuchaba sus torpes disculpas, un sentimiento de furia incontrolada. Con la mirada ardiente y cerrando los puños con fuerza, le contesté con tono airado y cortante.

-Hay dos tipos de personas en la vida Mr. Spencer, los que actúan y los que ven los toros desde la barrera.

Por un instante, me miró con expresión sorprendida, como si no entendiese muy bien qué quería decir. Todavía jadeante, abrí la puerta de su despacho y salí al pasillo.

-Yo soy de las que actúan –le dije antes de dar un portazo- y usted… usted es de los que lo lamentarán toda la vida.

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